Francia ante el espejo: el juicio que examina a la masonería
El juicio a la masonería en Francia ha puesto bajo escrutinio público las prácticas de algunas logias galas. Lo cuenta el diario El Mundo en su edición del 1 de julio de 2026. No hemos podido consultar el artículo completo, titulado «El ‘juicio a la masonería’ que sacude a Francia», probablemente oculto tras el muro de pago o por su publicación reciente. Pero el eco mediático existe y merece una reflexión serena desde dentro de la Orden.
Lejos de alarmarnos, este proceso trae una oportunidad histórica. La masonería, como recordaba el investigador Fernando Miguel Anaya-Gámez en el Diario de Sevilla, «es un producto humano y, por tanto, imperfecto». Reconocer esa imperfección no nos debilita. Es el primer paso hacia el perfeccionamiento que late en el núcleo de nuestra tradición iniciática.
El contexto del «juicio a la masonería en Francia»
Francia ha conocido episodios de tensión entre la masonería y el poder político o judicial. Entre 2024 y 2025, varios medios franceses reportaron investigaciones sobre posibles malversaciones en logias de la región de París. Sin confirmación judicial firme entonces. Este nuevo proceso, al que El Mundo llama «juicio a la masonería», podría enlazar con aquellos antecedentes o con nuevas pesquisas.
Lo relevante no es el contenido concreto de las acusaciones, lo desconocemos, sino la actitud de la Orden al afrontar este examen. La masonería francesa, una de las más antiguas y prestigiosas de Europa, tiene la oportunidad de demostrar que sus valores, transparencia, legalidad, ética, no son declaraciones rituales vacías. Son principios que se aplican en la vida real.
La masonería como producto humano
Anaya-Gámez dio en el clavo. Llamar a la masonería «producto humano» no es una debilidad. Es una fortaleza. Las instituciones humanas cometen errores. Las que sobreviven y prosperan son las que saben reconocerlos, corregirlos y aprender.
La masonería universal lo ha demostrado durante siglos. Persecuciones religiosas en el XVIII, dictaduras en el XX, períodos de ostracismo social. La Orden se ha reinventado sin renunciar a sus principios esenciales: libertad de conciencia, fraternidad universal, búsqueda de la verdad.
Este juicio en Francia no es distinto. Si hay irregularidades, que se investiguen y sancionen. Si son malentendidos o ataques infundados, la transparencia del proceso los despejará. En cualquier caso, la masonería sale fortalecida cuando se somete al escrutinio público con la cabeza alta.
El valor de la transparencia
Uno de los prejuicios más persistentes contra la masonería es la acusación de secretismo y opacidad. La realidad es otra. La Orden guarda discreción sobre rituales y símbolos, pero actúa en plena legalidad y sometida al derecho común en todos los países donde está establecida.
Las Grandes Logias y Orientes de Francia, el Gran Oriente de Francia, la Gran Logia Nacional Francesa, son organizaciones perfectamente legales. Estatutos registrados, cuentas auditadas, vida interna que, como cualquier asociación, puede generar controversias o conflictos. Que esos conflictos lleguen a los tribunales no es signo de debilidad. Es normalidad democrática.
Una perspectiva de futuro
La masonería universal seguirá de cerca el desenlace de este proceso. Pero más allá del resultado, importa la lección que extraigamos como institución. La masonería no debe temer a la luz. Debe buscarla. La transparencia no es una concesión a la opinión pública. Es una exigencia de nuestros propios principios.
Lo dijo el filósofo masón José Antonio Ferrer Benimeli: «la masonería es un espejo de la sociedad en la que vive». Si la sociedad francesa atraviesa un momento de introspección y exigencia ética, la masonería debe estar a la altura. Este juicio, sea cual sea su resultado, nos recuerda que la perfección no es un estado alcanzado. Es un camino que recorremos cada día.
La masonería francesa tiene ahora la palabra. Desde Cámara de Maestro confiamos en que sabrá estar a la altura de su historia y de sus principios. Porque, como bien dijo Anaya-Gámez, somos humanos, imperfectos. Y precisamente por eso, comprometidos con el perfeccionamiento constante.