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La masonería en España: del siglo XVIII a la Segunda República

Redacción Cámara de Maestro · 2 de agosto de 2023

La masonería en España: del siglo XVIII a la Segunda República

Introducción: La llegada de la luz en el contexto hispánico

La historia de la francmasonería en España representa uno de los fenómenos más significativos de transformación intelectual y social en la Península Ibérica desde el siglo XVIII hasta la Guerra Civil. A diferencia de otras naciones europeas donde la masonería se desarrolló gradualmente dentro de contextos más tolerantes, en España la institución enfrentó desde sus inicios una resistencia institucional y religiosa que marcaría profundamente su trayectoria, su doctrina y su relevancia política en los procesos de modernización nacional.

La introducción de la masonería en territorio español no fue un acto espontáneo, sino resultado de contactos con centros masónicos europeos durante la época en que la dinastía borbónica gobernaba la Península. Este proceso estuvo íntimamente ligado a los debates sobre la Ilustración, el pensamiento reformista y la cuestión de la identidad española frente a la tradición católica medieval que aún dominaba amplios sectores de la sociedad.

Los orígenes: siglo XVIII y la primera institucionalización

El contexto ilustrado y las primeras logias

Durante la primera mitad del siglo XVIII, España experimentó cambios políticos significativos con la llegada de la dinastía borbónica en 1700. Este período coincidió con la expansión del pensamiento ilustrado europeo, que enfatizaba la razón, la educación y el progreso científico como medios para reformar la sociedad. En este contexto, la masonería comenzó a penetrar en España, principalmente a través de diplomáticos, comerciantes y militares que mantenían relaciones con Francia, Inglaterra y los Países Bajos.

Las primeras logias españolas surgieron de manera irregular y dispersa durante los años treinta y cuarenta del dieciocho. La falta de una estructura centralizada y la clandestinidad de estas reuniones reflejan la desconfianza que la institución enfrentaba en una nación donde la Inquisición española, aunque ya en declive, mantenía considerable poder sobre la vida intelectual y social. Muchas de estas logias primitivas estaban compuestas por extranjeros y españoles de élite intelectual o aristocrática que veían en la masonería un espacio de intercambio filosófico y una herramienta para la regeneración nacional.

Los decretos y la persecución temprana

La Corona española, a través de diferentes monarcas ilustrados como Fernando VI y Carlos III, mantuvo una posición ambigua frente a la masonería. Mientras que algunos ministros reformistas compartían ciertos ideales de la Ilustración, la institución eclesiástica española percibía a la francmasonería como una amenaza directa a su monopolio sobre la educación, la moral y la vida cultural. En 1751, se promulgó una de las primeras disposiciones oficiales contra la masonería, iniciando una serie de prohibiciones que se sucederían a lo largo del siglo.

A pesar de estas medidas represivas, la masonería continuó expandiéndose en territorio español, especialmente en ciudades como Madrid, Barcelona, Cádiz y Sevilla, donde la presencia de burgueses ilustrados, comerciantes y profesionales liberales proporcionaba un terreno fértil para el desarrollo de las logias. El siglo XVIII español fue testigo de una tensión permanente entre los intentos de modernización del Estado borbónico y la resistencia de instituciones tradicionales, una tensión que la masonería encarnaba de manera emblemática.

El siglo XIX: expansión, conflicto y transformación

La masonería durante la época de las guerras carlistas

La entrada en el siglo XIX transformó radicalmente el papel de la masonería en España. La invasión napoleónica y la consecuente ocupación de la Península entre 1808 y 1814 tuvieron paradójicamente efectos ambiguos para la institución. Mientras que el régimen de José Bonaparte implementó una serie de medidas secularizadoras que beneficiaban a los intereses masónicos, al mismo tiempo, la ocupación francesa generó un nacionalismo católico que se opondría firmemente a todo lo que pareciera venir del exterior.

Durante los convulsos años de la restauración borbónica tras la caída de Napoleón, España se dividió internamente entre fuerzas progresistas y conservadoras. La masonería se alineó fundamentalmente con los primeros, viéndose involucrada en los pronunciamientos liberales del Trienio Constitucional (1820-1823) y las Guerras Carlistas (1833-1876). Muchos masones españoles militaban activamente por la causa liberal, interpretando su compromiso masónico con los principios de libertad, igualdad y fraternidad como una obligación de participación en la transformación política del país.

Las guerras carlistas, en particular, profundizaron la identificación de la masonería con el liberalismo progresista frente al tradicionalismo católico. La represión que la Corona ejerció contra los masones durante los períodos más conservadores del siglo XIX fue brutal, con detenciones, torturas y ejecuciones de hermanos acusados de conspiración política. Esta persecución tuvo el efecto paradójico de reforzar el lazo entre la identidad masónica y la aspiración de cambio social y político.

El desarrollo organizacional en el siglo XIX

A lo largo del siglo XIX, la masonería española desarrolló una estructura organizacional más compleja. Se establecieron Grandes Logias que intentaban coordinar el trabajo de las logias subordinadas, y se promulgaron constituciones y reglamentaciones que buscaban homogeneizar la práctica masónica en territorio hispano. El Grado Supremo Consejo para España fue fundado en diferentes momentos del siglo, reflejando las divisiones políticas internas.

La historiografía masónica identifica un período de particular esplendor en los años setenta y ochenta del siglo XIX, cuando la cuestión política española se inclinaba hacia soluciones progresistas. Durante la Primera República (1873-1874) y la Restauración (1875 en adelante), la masonería experimentó un crecimiento significativo en membresía, especialmente entre profesionales liberales, docentes, escritores y políticos de tendencia progresista. Las logias se multiplicaron en las principales ciudades, y el número de hermanos españoles se elevó a varios miles.

Ideología y symbolismo en la masonería española del XIX

La masonería española del siglo XIX desarrolló una particular síntesis ideológica que combinaba los principios masónicos universales con las aspiraciones específicas de la intelectualidad española. La idea de regeneración nacional, que se haría omnipresente en el pensamiento español de fin de siglo, encontró en la masonería un vehículo importante. Muchos masones españoles creían que la institución podría servir como instrumento para modernizar España, secularizar la educación, establecer el estado de derecho y crear una sociedad basada en principios racionales en lugar de tradición oscurantista.

Este compromiso no era meramente teórico. Los masones españoles del siglo XIX trabajaron activamente en la educación, la medicina, la ingeniería y otras profesiones liberales, viendo en su trabajo cotidiano una expresión de sus principios masónicos. La tolerancia religiosa, la educación racional y la solidaridad entre hermanos eran concebidas no como abstracciones filosóficas, sino como guías prácticos para la construcción de una España moderna.

La Belle Époque masónica y el cambio de siglo

El apogeo de la masonería en el contexto de la Generación del 98

A medida que el siglo XIX llegaba a su término, la masonería española vivía un período de relativa expansión y aceptabilidad social. Aunque seguía siendo una institución clandestina en sentido formal, muchos masones ocupaban posiciones visibles en la vida política, intelectual y profesional del país. La derrota de 1898 en la Guerra Hispanoamericana y la pérdida de las colonias generaron una crisis de identidad nacional que llevó a una profunda reflexión sobre el futuro de España.

En este contexto, figuras intelectuales asociadas con la Generación del 98, aunque no necesariamente todos masones, compartían preocupaciones similares a las que animaban a la institución: la necesidad de regeneración moral e intelectual, la importancia de la educación como herramienta de transformación social, y la convicción de que España necesitaba liberarse de lastres tradicionales para recuperar su lugar en la historia europea. La masonería, con su énfasis en la luz, la ilustración y el progreso, parecía encarnar estos ideales.

Expansión territorial y social en el nuevo siglo

En las primeras décadas del siglo XX, la masonería española experimentó un crecimiento notable. Las logias se establecieron no solo en los grandes centros urbanos, sino también en ciudades medias y, en menor medida, en zonas rurales. La composición social de la membresía se diversificó, aunque siguió siendo fundamentalmente una institución de clases medias ilustradas. Maestros, abogados, médicos, periodistas, militares progresistas e incluso algunos religiosos liberales se contaban entre los hermanos españoles.

La estructura de la masonería española en este período reflejaba las divisiones políticas más amplias del país. Diferentes Grandes Logias y Supremos Consejos compitieron por la influencia, cada una interpretando la tradición masónica según sus orientaciones políticas particulares. Esta fragmentación institucional era simultáneamente una debilidad organizativa y una expresión de la vitalidad democrática de la institución, que permitía múltiples expresiones del pensamiento masónico dentro de un marco general común.

La Segunda República y el breve respiro democrático

El año 1931 y las esperanzas de transformación

La proclamación de la Segunda República en 1931 representó un momento de esperanza sin precedentes para la masonería española. Con la abolición de la monarquía y el establecimiento de un régimen republicano, muchos masones creyeron que por fin la nación española podría embarcarse en el proyecto de modernización que habían estado persiguiendo durante casi dos siglos. El nuevo régimen implementó políticas de secularización, reforma educativa y limitación del poder eclesiástico que se alineaban directamente con los objetivos históricos de la institución.

Durante la Segunda República, la masonería dejó de ser una institución clandestina y pudo desarrollar su actividad de manera más abierta. Se celebraron congresos, se promovieron publicaciones, y los masones españoles participaron activamente en los procesos políticos de la república. Algunos hermanos ocuparon cargos de importancia política, contribuyendo a la formulación de políticas públicas que reflejaban, al menos en parte, los principios masónicos de libertad, igualdad y racionalismo.

Conflictividades y contradicciones

Sin embargo, la república también reveló tensiones fundamentales dentro de la sociedad española que la masonería no podía resolver mediante su actividad institucional. La Guerra Civil (1936-1939) fue en cierto sentido un enfrentamiento entre los valores que la masonería, junto con otras fuerzas progresistas, representaba, secularización, modernización, democracia participativa, y una concepción más tradicional de la identidad española basada en la religión católica y el orden jerárquico.

Los masones españoles se dividieron durante la república según las mismas líneas que dividían al resto de la sociedad: algunos apoyaban la república desde posiciones centristas o moderadas, otros desde perspectivas más radicales vinculadas al socialismo o el anarquismo. Esta diversidad política interna reflejaba tanto la pluralidad de la institución como sus limitaciones como actor unificado capaz de guiar la transformación social que sus miembros buscaban.

La represión franquista y el final de una era

La masacre y la clandestinidad

La victoria de Franco en la Guerra Civil marcó el fin de un período histórico para la masonería española. El régimen fascista percibía a la institución, junto con la izquierda política, como uno de los enemigos fundamentales del nuevo orden que buscaba instaurar. La represión contra los masones fue brutal y sistemática. Cientos de hermanos fueron ejecutados, encarcelados o exiliados. Sus propiedades fueron confiscadas, sus archivos destruidos o incautados, y todo vestigio de actividad masónica fue erradicado de la vida pública española.

La represión franquista contra la masonería adquirió dimensiones mitológicas en la propaganda del régimen, que caracterizaba a la institución como parte de una conspiración internacional contra España. El hecho de que muchos masones fueran intelectuales, profesionales liberales o políticos republicanos los hacía doblemente sospechosos en una España que se identificaba con el nacionalismo católico. La masonería fue eficazmente demonizada y desaparecida de la vida política española durante cuatro décadas.

Legado histórico y significación

La contribución masónica a la España moderna

A pesar de la represión y el silencio que caracterizó los años de la dictadura franquista, la historia de la masonería en España desde el siglo XVIII hasta la Segunda República testifica una contribución significativa a la evolución intelectual, política y social del país. Los masones españoles, en su mayoría, fueron hombres y mujeres de principios que creían sinceramente en la posibilidad de transformar su nación mediante la educación, la tolerancia y el pensamiento racional.

La masonería no fue responsable de la derrota de 1898, ni de la posterior decadencia que muchos intelectuales españoles lamentaban. Pero fue, indudablemente, una institución que canalizó los esfuerzos de una parte significativa de la élite intelectual española hacia objetivos de reforma y modernización. En áreas como la educación, la ciencia, las profesiones liberales y la política, los masones ejercieron una influencia que fue, en el balance final, progresista en el sentido amplio del término.

Reflexiones sobre institución y contexto

La trayectoria de la masonería española illustra el complejo entrelazamiento entre la historia de la institución masónica universal y los particularismos de contextos nacionales específicos. En España, la masonería no fue simplemente un vehículo para la diseminación de ideas europeas modernas, sino una institución que desarrolló características peculiares adaptadas a las circunstancias históricas, sociales y políticas españolas. La persistencia de la represión, la identificación de la institución con el liberalismo político, y la profundidad del conflicto entre modernización y tradición católica en España todos dejaron su marca en cómo la masonería española se desarrolló y operó.

La represión franquista, aunque efectiva en destruir la actividad masónica visible en España, no pudo eliminar completamente el legado de ideas y valores que la institución había sembrado durante casi dos siglos. La recuperación de la democracia en España después de 1975 permitió nuevamente la actividad masónica abierta, aunque ya en un contexto histórico radicalmente transformado.

Conclusión

La historia de la masonería en España desde el siglo XVIII hasta la Segunda República es la historia de una institución que buscó, mediante sus principios de fraternidad, tolerancia y razón iluminada, contribuir a la modernización y la democratización de la sociedad española. Enfrentó resistencia formidable de instituciones tradicionales, fue utilizada frecuentemente como símbolo de lucha política por fuerzas que compartían solo algunos de sus valores, y finalmente fue víctima de una represión que intentó borrar por completo su presencia en la vida nacional.

Sin embargo, el legado de estos doscientos años no puede reducirse a la represión que sufrió ni a la dimensión política que la circundó. La masonería española fue parte de un movimiento más amplio de modernización intelectual y social que, a pesar de sus limitaciones y contradicciones, contribuyó significativamente a la transformación de España. En las figuras de los maestros que propagaron la educación racional, los médicos que aplicaron los principios de la ciencia moderna, los abogados que promovieron el estado de derecho, y los ciudadanos que ejercieron la solidaridad fraterna en tiempos de persecución, la masonería española dejó una marca indeleble en la historia del país.

La institución, pese a todas las vicisitudes, persistió porque los principios que encarnaba, la libertad de conciencia, la capacidad humana de perfeccionamiento, la hermandad universal, y la importancia de la luz como símbolo de conocimiento y comprensión, resonaban profundamente en el alma de quienes los sostenían. En este sentido, la masonería española no fue solo una institución política o social, sino la expresión organizada de un conjunto de valores y aspiraciones que permanecen vivos en la memoria histórica de la Península.