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La expansión masónica del siglo XIX

Redacción Cámara de Maestro · 26 de julio de 2024

La expansión masónica del siglo XIX

La masonería experimentó durante el siglo diecinueve una transformación profunda, consolidándose como un movimiento internacional de magnitud sin precedentes. Este período marcó la transición de una institución elitista del siglo dieciocho a una organización de alcance global, extendida por los cinco continentes y penetrando en la estructura política, social e intelectual de decenas de naciones. La expansión del XIX constituyó el apogeo numérico y de influencia del movimiento masónico, fenómeno que requiere análisis desde múltiples dimensiones geográficas, políticas e ideológicas.

Contexto histórico general

El siglo diecinueve fue testigo de profundos cambios civilizacionales. La Revolución Industrial transformaba Europa, las independencias latinoamericanas fragmentaban el imperio español, los nacionalismos europeos se consolidaban, y el liberalismo se planteaba como fuerza reformista dominante. En este contexto turbulento, la masonería encontró terreno fértil. Sus principios de libertad, fraternidad e igualdad resonaban con las aspiraciones revolucionarias y liberales de la época. La institución proporcionaba un espacio de encuentro donde mercaderes, intelectuales, militares y políticos podían congregarse más allá de las divisiones de clase formal, aunque sin romper completamente la jerarquía social propia de la era.

La burguesía mercantil e intelectual que en el dieciocho era minoritaria en las logias, durante el diecinueve desplazó progresivamente a la aristocracia como fuerza dominante dentro de la masonería. Este cambio no fue accidental: respondía a la ascensión económica y política de la clase media urbana y a su demanda de espacios de poder y decisión. Las logias se convirtieron así en centros de pensamiento laico, republicano y anticlerical, particularmente en países donde la Iglesia católica mantenía influencia política considerable.

Expansión en Francia y Europa occidental

Francia fue epicentro de la propagación masónica decimonónica. Bajo la administración de Napoleón Bonaparte, la masonería recibió cierto reconocimiento oficial a principios de siglo, lo que consolidó su posición tras décadas de precariedad. Las cifras revelan el crecimiento: mientras en 1802 existían aproximadamente diez mil masones franceses, hacia 1889 la cifra había ascendido a veinte mil, cifra que refleja un crecimiento consistente aunque no explosivo, indicativo de un movimiento institucionalizado y moderado en su expansión.

París se convirtió en foco irradiador de ideas masónicas hacia el resto de Europa. Las logias francesas sirvieron como nexo de conexión entre masones de distintos territorios, facilitando el intercambio de criterios políticos y la coordinación de movimientos liberales transnacionales. Personajes influyentes del republicanismo, el socialismo incipiente y el anticlericalismo circulaban por estas logias, transformándolas en laboratorios ideológicos de la modernidad política europea.

En Italia, la masonería adquirió particular relevancia debido al proceso de unificación nacional. El Gran Oriente de Italia se convirtió en símbolo de la aspiración unitaria y de la libertad frente al dominio austriaco y papal. Figuras titánicas de la independencia italiana como Giuseppe Garibaldi no solo eran masones, sino que utilizaban las logias como plataforma de reclutamiento y coordinación de sus iniciativas revolucionarias. La masonería italiana del XIX se caracterizó por su tonalidad republicana, anticlerical y nacionalista, características que la alineaban directamente con los objetivos del Risorgimento.

En España, el siglo diecinueve fue período de tensión permanente entre la masonería y las instituciones monárquico-eclesiásticas. Durante el último tercio del siglo, ilustrados españoles que habían entrado en contacto con la masonería en otros territorios promovieron la fundación de logias en España: Nueva Hispalense en Sevilla, Libertad en Madrid, Discreción en Granada, Extremadura en Badajoz, entre otras. Estas logias se convirtieron en bastiones del pensamiento laico y en espacios donde se debatía la modernización de España frente a tradiciones consideradas arcaicas. La conflictividad entre la masonería y las autoridades eclesiásticas y monárquicas fue una constante que atravesó todo el siglo.

El caso británico y la expansión anglosajona

La Gran Bretaña de la era victoriana presenció un extraordinario crecimiento de la masonería bajo la jurisdicción de la United Grand Lodge of England. Mientras el siglo dieciocho había visto la consolidación institucional del movimiento masónico bajo formato de grandes logias unificadas, el diecinueve multiplicó exponencialmente el número de logias subordinadas. Hacia finales de la centuria, bajo la autoridad de la Gran Logia Unida de Inglaterra existían aproximadamente dos mil ochocientas logias activas, cifra que evidencia un crecimiento sistemático durante los sesenta años anteriores.

Este incremento se explica por varios factores convergentes. La estabilidad política británica, la hegemonía del liberalismo económico y la expansión imperial proporcionaban un contexto favorable para la proliferación de asociaciones fraternas. La masonería británica del XIX adquirió características particulares: enfatizaba el ritual, la tradición y el decoro, distanciándose de connotaciones políticas radicales. Aunque algunos masones británicos participaban en movimientos reformistas, la masonería oficial inglesa tendía a evitar compromisos políticos explícitos, manteniendo una postura de neutralidad institucional que facilitaba su aceptación en círculos establecidos.

La masonería británica también fue instrumento de expansión imperial. Masones británicos participaban activamente en la colonización de India, África y el Pacífico, llevando consigo las logias como espacios de sociabilidad para los europeos destacados en territorios lejanos. Este fenómeno de expansión masónica colonial creó redes internacionales de comunicación y fraternidad que enlazaban la metrópoli con los espacios coloniales, facilitando tanto el control como el intercambio de ideas.

América del Norte: ruptura, colapso y recuperación

La experiencia de la masonería en los Estados Unidos durante el diecinueve fue particularmente dramática, ilustrando la vulnerabilidad de la institución frente a fenómenos de opinión pública adversa. Tras la independencia norteamericana, la masonería vivió un primer período de expansión notable. Por 1800 existían en territorio estadounidense once grandes logias que supervisaban trescientas cuarenta y siete logias subordinadas con aproximadamente dieciséis mil miembros. El ritmo de crecimiento fue acelerado durante el primer cuarto de siglo: Nueva York por sí sola alcanzaba en 1820 trescientas logias con quince mil miembros, cifra que ascendió a cuatrocientas cincuenta logias y veinte mil miembros hacia 1825.

Sin embargo, este auge fue interrumpido de manera abrupta por el episodio conocido como el Asunto Morgan, evento que desencadenó la primera ola de antimasonería organizada en la historia norteamericana. En 1826, un masón disidente llamado William Morgan anunció su intención de publicar los rituales secretos de la orden, acto considerado como una violación grave de los juramentos iniciáticos. Tras ser arrestado por cargos menores, Morgan desapareció misteriosamente de su celda sin que se volviera a saber de él. La desaparición, atribuida por la opinión pública a la intervención de masones que lo silenciaron, provocó una reacción masiva de indignación ciudadana.

El resultado fue catastrófico para la masonería estadounidense. La membresía se desplomó desde aproximadamente cien mil masones en 1826 a menos de cuarenta mil en los años treinta. Surgieron movimientos políticos antimason que lograron representación electoral significativa en varios estados. La confianza pública en la institución se evaporó durante décadas. La recuperación fue lenta pero eventual: durante la segunda mitad del siglo diecinueve la masonería norteamericana se recompuso gradualmente, recuperando credibilidad y expandiendo nuevamente su membresía. Este ciclo de expansión-colapso-recuperación de la masonería estadounidense constituye un fenómeno único entre las experiencias masónicas occidentales del período.

América Latina: masonería e independencia

Ningún análisis de la expansión masónica del diecinueve puede omitir el papel fundamental de la institución en las independencias latinoamericanas. La masonería se propagó en América Latina a través de múltiples canales: militares europeos que servían a monarquías coloniales, mercaderes que comerciaban con el territorio, navegantes británicos y franceses, e intelectuales criollos que habían viajado a Europa. A diferencia de Europa, donde la masonería era frecuentemente una fuerza contestataria que operaba en los márgenes del poder, en Latinoamérica la masonería fue instrumento directo en la toma del poder revolucionario.

Líderes militares cruciales de las independencias latinoamericanas eran masones o mantenían relaciones estrechas con la institución. Francisco de Miranda, precursor de la independencia sudamericana, era masón y utilizó redes masónicas para obtener apoyo en Londres y Estados Unidos. Simón Bolívar, el libertador, aunque su militancia masónica es menos documentada que la de otros contemporáneos, operaba en contextos donde la masonería proporcionaba una red de alianzas cruciales. José de San Martín, libertador de Argentina, Chile y Perú, fue masón activo y fundador de la Gran Logia de Argentina en 1825. Bernardo O’Higgins, director supremo de Chile independiente, era miembro de la Logia Lautaro, institución masónica que jugó un papel organizativo central en la revolución chilena.

La Logia Lautaro, constituyendo un caso especialmente significativo, fue una organización cuasi masónica que funcionó como estructura revolucionaria clandestina durante las guerras de independencia. Aunque sus rituales diferían parcialmente de la masonería convencional, sus miembros se conceptualizaban como guardianes de los principios de libertad y equidad inherentes a la tradición masónica. La logia incluía tanto a militares como a políticos, facilitando coordinación entre las campañas militares y las instituciones civiles emergentes de las nuevas repúblicas.

La propagación de la masonería en América Latina durante el diecinueve se distribuyó desigualmente. Brasil recibió influencias masónicas principalmente a través de Portugal, lo que le confería un carácter particular. La región andina y rioplatense fue epicentro de actividad masónica revolucionaria. México experimentó una expansión masónica notable durante las primeras décadas postindependencia. Cuba mantuvo comunidades masónicas significativas bajo el dominio español, constituyendo focos de oposición al colonialismo. En conjunto, la masonería latinoamericana del diecinueve fue institución profundamente entrelazada con la construcción de estados nacionales, la laicización de las instituciones públicas y el establecimiento de gobiernos republicanos.

Influencia política y relación con el liberalismo

La segunda mitad del diecinueve fue testigo de una cristalización ideológica: la masonería se identificaba cada vez más con el liberalismo político y con políticas anticlericales. En países de mayoría católica como Francia, Italia, España y Latinoamérica, la asociación entre masonería y anticlericalismo era casi automática. Los liberales buscaban en las logias espacios de coordinación para impulsar legislación que restringiera el poder temporal de la Iglesia: secularización de la educación, separación de la Iglesia y el Estado, libertad de conciencia, matrimonio civil, secularización del cementerio.

Las revoluciones liberales de 1820, 1830 y 1848 en Europa continental encontraron en la masonería una plataforma organizativa importante, aunque no determinante. Los masones constituían una minoría activa entre los revolucionarios, pero su presencia era desproporcionada en círculos de decisión política. Las logias funcionaban como espacios donde intelectuales y políticos podían debatir estrategias más allá de la vigilancia censora de gobiernos absolutistas.

Sin embargo, es importante matizar esta identificación. No toda la masonería era revolucionaria ni toda es liberal explícitamente. En Gran Bretaña, la masonería oficial tendía a la cautela política. En sectores conservadores de diversas naciones, existían masones que no rechazaban la monarquía ni la influencia clerical. Pero la tonalidad dominante en la masonería occidental decimonónica fue indudablemente progresista, anticlerical y republicana.

Consolidación institucional global

Hacia finales del diecinueve, la masonería se había consolidado como una red verdaderamente global. Grandes logias funcionaban en prácticamente todas las naciones europeas, en Estados Unidos, en América Latina, en el imperio británico, en algunos territorios del Oriente Medio y en puntos del Pacífico. Las comunicaciones internacionales, mejoradas por los ferrocarriles y el telégrafo, facilitaban el contacto entre masones de distintos territorios. Se celebraban congresos masónicos internacionales donde se debatían cuestiones de interés común.

Esta expansión global generó también fricciones y fragmentaciones. Las grandes logias nacionales competían por autoridad sobre territorios masónicos compartidos. Se desarrollaban distintas ramas del rito masónico, escocismo, rito francés, rito de York, cada uno con seguidores apasionados. Las tensiones entre la masonería más radicalmente política y la más conservadora generaban cismas organizacionales. La masonería femenina, que había emergido tímidamente en el dieciocho, enfrentaba resistencia sistemática de la masonería masculina oficial en el diecinueve.

Transformación social de la membresía

Un cambio sociológico fundamental durante la expansión decimonónica fue la composición de la membresía masónica. Mientras el dieciocho había visto la masonería como institución donde la aristocracia, el alto clero y la burguesía mercantil podían encontrarse en términos relativamente igualitarios, el diecinueve presenció la penetración progresiva de profesionales liberales, pequeños comerciantes, artesanos calificados e intelectuales de clase media modesta. Este cambio respondía simultáneamente a la expansión económica de la clase media y a la capacidad de la masonería de adaptarse a nuevas funciones sociales.

En entornos urbanos en expansión, las logias funcionaban como espacios donde el profesional joven podía construir redes de contacto, donde el comerciante podía identificar socios confiables, donde el político emergente podía acceder a círculos influyentes. Esta funcionalidad práctica de la masonería, al margen de sus significados simbólicos, fue probablemente el motor más potente de su expansión numérica durante el período.

Las mujeres permanecían excluidas formalmente de la masonería regular, aunque en algunos contextos, particularmente Francia, emergían logias de “adopción” donde mujeres participaban bajo supervisión de hombres. Los trabajadores manuales sin calificación permanecían mayormente fuera de las logias, aunque en algunos centros urbanos radicales la membresía masónica penetraba sectores obreros organizados. La masonería del diecinueve, por tanto, fue institución de la clase media en expansión: ni completamente elitista como en el dieciocho, ni verdaderamente popular.

Significado simbólico y ritual

Durante el diecinueve se sistematizaron y estandarizaron los rituales masónicos de manera sin precedentes. Aunque los rituales variaban entre jurisdicciones, existía consenso creciente sobre los elementos centrales: los tres grados de aprendiz, compañero y maestro; la simbología del templo y sus herramientas; el énfasis en la instrucción moral a través de la alegoría. Los escritos masónicos del período, principalmente de autores británicos y franceses, proporcionaban exégesis elaboradas de estos símbolos, interpretándolos en términos de progreso moral, ilustración y fraternidad universal.

El lenguaje masónico del diecinueve fue lenguaje de armonía, luz y construcción. Los masones se concebían a sí mismos como albañiles de una nueva civilización donde el conocimiento iluminaba la superstición, donde la razón desplazaba el dogma, donde hombres de buena voluntad de distintas procedencias se unían en torno a propósitos comunes. Este lenguaje resonaba poderosamente con aspiraciones decimonónicas de progreso científico, mejora social e ilustración universal.

Legado y transición hacia el siglo veinte

La expansión masónica del diecinueve transformó la institución de manera fundamental. Lo que en el dieciocho había sido un movimiento relativamente pequeño, concentrado en algunos centros urbanos europeos, se convirtió en una organización con presencia global y decenas de miles de miembros. La masonería se convirtió en factor reconocible en la política europea, factor determinante en las independencias latinoamericanas, y institución respetable en contextos anglosajones.

Sin embargo, esta expansión exitosa generó vulnerabilidades que se manifestarían plenamente en el siglo veinte. La visibilidad creciente de la masonería la hacía blanco de críticas más intensas. Los antagonismos religiosos hacia la institución se acentuaban conforme su poder político se hacía más evidente. Las fragmentaciones internas multiplicadas por la expansión creaban dificultades de coordinación. Hacia 1900, la masonería era simultáneamente más influyente que nunca e introducía dentro de sí misma las tensiones que caracterizarían el tumultuoso siglo que se iniciaba.

La expansión masónica del diecinueve constituye así un capítulo crucial en la historia de la institución y en la historia política occidental en general. Ningún análisis de la construcción de los estados nacionales, de la secularización política, de las revoluciones liberales o de la modernización de la sociedad occidental puede ignorar el papel jugado por estas redes de hombres reunidos en logias, portadores de símbolos antiguos pero animados por aspiraciones decididamente modernas.