El Templo en la Carne. Una meditación.
4/9/20262 min read


A veces nos perdemos en palabras complicadas y nos olvidamos de lo más básico: que no estamos en el Templo, sino que el Templo somos nosotros. No es una frase bonita, es algo que se siente en el cuerpo, en la piel y en los huesos.
Cuando estamos en el taller, las columnas J y B no son solo dos adornos a la entrada. Son nuestras propias piernas. Es esa energía que sube desde la tierra y nos mantiene en pie. Por un lado, la fuerza que nos empuja a actuar, y por el otro, la estabilidad que nos frena para no perder el norte. Sentir ese hormigueo en los pies es sentir que el Templo está vivo y caminando.
El piso de mosaico tampoco es solo un suelo. Es como nuestra propia piel. Por dentro todos sentimos ese contraste: momentos de mucha claridad y otros de pura sombra. No se trata de pelearse con lo oscuro ni de presumir de lo blanco. Se trata de dejar que esa energía fluya por el torso, que recorra cada cuadro de nuestra propia dualidad sin estancarse. Es como la respiración: inhalas luz, exhalas sombra, y en ese movimiento es donde ocurre la vida.
Si seguimos subiendo, llegamos al pecho. Ahí hay un calor que late. Si el Templo es nuestro cuerpo, el corazón es ese rincón sagrado donde el tiempo se calla. Pero la energía no se detiene ahí. Sube por el cuello y busca la frente, ese punto entre las cejas que llamamos el tercer ojo.
Ahí es donde el Templo se vuelve luz. Es como si en lo más alto de nuestra estructura se encendiera un faro que no mira hacia afuera, sino que ve lo que hay dentro. Cuando ese punto se activa, dejamos de juzgar y empezamos a comprender. Es la visión que no necesita ojos físicos para saber que todo está conectado.
Pero este Templo se rompe fácil. Se agrieta cuando nos volvemos rígidos o cuando miramos a los demás como si fueran algo ajeno. Cada vez que ponemos una barrera o rechazamos a alguien, estamos cortando la corriente. Es como si nos amputáramos un brazo pensando que así vamos a estar más cómodos. La exclusión no es un problema de reglas, es un nudo que bloquea la energía y nos deja a oscuras, apagando ese tercer ojo que debería estar guiándonos.
Al final, el trabajo no es levantar paredes de piedra ni aprenderse de memoria los rituales. El trabajo es dejar de estorbar. Dejar que esa fuerza que nos recorre desde la planta de los pies hasta la frente se ordene sola.
Quizá la Masonería sea simplemente eso: aprender a ser un canal limpio para que la vida pase. Cuando la energía fluye sin trabas, el Templo deja de ser un edificio y se convierte en un hombre que, por fin, puede ver.
Firmado:
R∴L∴ Grimorio del Vacío
Rodin
M∴M∴