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La acacia: símbolo de inmortalidad en la tradición masónica

Anónimo · 3 de abril de 2021

Una rama sobre la tumba

En el relato de la muerte de Hiram, sus asesinos, para ocultar el crimen, plantan sobre la fosa una rama de acacia. Pero el árbol, lejos de esconder, delata: su verdor inesperado sobre la tierra removida revela el lugar del enterramiento. Así, la acacia se convierte en el signo que conduce al cuerpo del Maestro. De ese gesto nació uno de nuestros símbolos más queridos. La acacia me ha enseñado, a lo largo de los años, a no temer la muerte.

Por qué la acacia

No es casual la elección de este árbol. La acacia es de hoja perenne; conserva su verdor cuando otros se desnudan. Su madera es dura, resistente a la corrupción. Crece en tierras áridas donde poco prospera. Reúne, pues, las cualidades de lo que perdura: incorruptibilidad, resistencia, vida que no se rinde a la sequedad. La tradición habría podido elegir cualquier planta; eligió la que mejor habla de permanencia. En cada hoja perenne hay una promesa.

Lo que muere y lo que permanece

El gran descubrimiento del Maestro es que no todo muere con el cuerpo. Algo permanece. Llámese alma, espíritu, o simplemente la huella que dejamos. La acacia, verdeando sobre la fosa, proclama que la muerte no tiene la última palabra. No lo afirma como dogma teológico, la Masonería respeta la libertad de creencia de cada hermano, sino como esperanza simbólica, como intuición profunda de que lo mejor de nosotros no se disuelve en la nada. He velado a muchos hermanos, y junto a su recuerdo siempre he visto, con los ojos del alma, una rama de acacia.

La memoria como forma de inmortalidad

Hay una inmortalidad que ningún creyente ni ningún escéptico pueden negar: la de la memoria. El hombre justo permanece vivo en quienes lo recordaron, en el bien que sembró, en los hermanos que formó. La acacia que señala la tumba de Hiram es también la memoria fraterna que no deja caer en el olvido a quien partió. Cuando recordamos a nuestros muertos en la logia, plantamos sobre su ausencia una rama verde. Mientras se les nombra, no han muerto del todo.

Contra el miedo

Buena parte de los males del hombre nacen del miedo a la muerte. Por temerla, acumulamos, dominamos, nos aferramos. El que ha integrado el símbolo de la acacia teme menos, y por temer menos vive mejor. He notado en mí mismo cómo, con los años de masonería, el pensamiento de mi propio fin se ha ido serenando. No porque tenga garantías, sino porque he aprendido a confiar en la lógica de la acacia: lo que es verde de verdad no muere del todo, solo cambia de forma.

La inmortalidad que se gana

Cuidado, sin embargo, con una lectura cómoda. La acacia no promete una inmortalidad automática. La permanencia se gana. Solo perdura lo que tuvo verdadera vida: la obra bien hecha, el afecto sincero, la palabra justa. El hombre que vivió vacío no deja acacia sobre su tumba, sino maleza que el olvido cubre pronto. Por eso el símbolo es también una exigencia: vive de tal modo que algo en ti merezca permanecer. La inmortalidad simbólica es la cosecha de una siembra real.

El verdor que nos toca cultivar

Concluyo con la enseñanza que más me importa transmitir a los hermanos jóvenes. La acacia no es solo consuelo ante la muerte ajena; es programa para la vida propia. Nos invita a cultivar en nosotros eso que no muere: la rectitud, el amor fraterno, la búsqueda de la verdad, las obras de bien. Esas son las hojas perennes de nuestra alma. Si las cultivamos, cuando llegue nuestra hora, alguien plantará sobre nuestra ausencia una rama verde, y otros la verán, y comprenderán que allí descansa un Maestro que supo vivir. La acacia, modesta y tenaz, me recuerda cada día que la verdadera inmortalidad se construye con las manos, aquí, mientras hay luz.