Las artes liberales en la formación masónica
La escalera del saber
Cuando ascendí al grado de Compañero, se me invitó a recorrer las siete artes liberales. Confieso que al principio me pareció un adorno medieval, una reliquia escolar sin relación con mi vida. Hoy las considero uno de los programas de formación más completos que ha legado la civilización, y comprendo por qué la Masonería los conserva. Gramática, retórica y lógica forman el trivium; aritmética, geometría, música y astronomía componen el quadrivium. Juntas dibujan el itinerario del hombre que quiere pensar bien para vivir mejor.
El trivium: dominar la palabra
Las tres primeras artes enseñan a manejar el lenguaje y el pensamiento. La gramática nos da la palabra correcta; la retórica, la palabra persuasiva; la lógica, la palabra verdadera. He conocido a hombres muy instruidos que pensaban mal porque nunca aprendieron a razonar, y a hombres sencillos que discurrían con rectitud admirable. El trivium es la defensa contra el engaño, propio y ajeno. Quien no domina la palabra es dominado por las palabras de otros. En tiempos de manipulación, este saber antiguo es más urgente que nunca.
El quadrivium: leer el orden del mundo
Las cuatro artes restantes elevan la mirada hacia el cosmos. La aritmética revela el número que subyace a todo; la geometría, la forma; la música, la armonía; la astronomía, el movimiento de los cielos. No se trata de erudición, sino de contemplación. Detrás de cada una late la misma intuición: el universo está ordenado, y ese orden es inteligible. El Compañero que estudia el quadrivium no acumula datos: aprende a leer la firma del Gran Arquitecto en la creación.
La geometría, reina de las artes
Permítaseme detenerme en la geometría, que la Masonería honra de manera especial. La letra G que preside nuestras logias evoca, entre otras cosas, este arte. La geometría enseña que de unos pocos principios claros se deduce un mundo entero de verdades necesarias. Es la imagen perfecta del método iniciático: partir de lo simple y evidente para edificar lo complejo y armonioso. El compás y la escuadra, nuestras herramientas, son instrumentos geométricos. Trazar bien es ya filosofar.
El saber como deber moral
Lo que más me importa subrayar es que para el masón el conocimiento no es un lujo, sino una obligación. La ignorancia voluntaria es una forma de pereza moral. No podemos pulir la piedra de nuestro entendimiento si la dejamos en barbecho. He visto a hermanos descuidar el estudio creyendo que la fraternidad bastaba; pero la fraternidad sin luz se vuelve sentimentalismo, y el ritual sin comprensión, mera repetición. Las artes liberales nos recuerdan que el masón debe ser, ante todo, un hombre que no deja de aprender.
Liberales porque liberan
No es casual el nombre. Se llaman liberales porque liberan: emancipan al hombre de la servidumbre de la ignorancia y del prejuicio. El esclavo recibe órdenes; el hombre libre comprende. Estas artes fueron, en la Antigüedad, las propias del ciudadano libre, no del siervo. La Masonería, que hace del hombre libre su ideal, no podía sino acogerlas. Quien las cultiva se hace dueño de su juicio y, por tanto, de su vida.
Un programa para toda la vida
No quisiera engañar a nadie: nadie domina las siete artes. Yo apenas he asomado la cabeza por algunas. Pero el valor del trivium y el quadrivium no está en completarlos, sino en orientarnos. Son una brújula que señala la dirección del crecimiento integral: pensar con rigor, expresarse con verdad, contemplar el orden del mundo. Cada vez que abro un libro de geometría o me detengo a escuchar de verdad una pieza musical, siento que estoy puliendo la misma piedra que pulo en el Templo. La formación masónica no termina en la logia: continúa en cada esfuerzo por comprender. Esa es, creo, la herencia viva de las artes liberales.