La beneficencia masónica: del trabajo interior al compromiso social
La pregunta que todo masón debe hacerse
Tarde o temprano, todo masón se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿para qué tanto trabajo interior si no se traduce en bien para los demás? Pulimos la piedra, ascendemos la escalera, edificamos el templo interior. Pero ¿de qué sirve un hombre mejor que se queda encerrado en su propia mejora? La beneficencia masónica es la respuesta a esa pregunta. Es el puente entre el trabajo sobre uno mismo y el compromiso con el mundo. Como Compañero que medita sobre el sentido de su camino, quiero reflexionar sobre este puente esencial.
El fruto que prueba el árbol
Hay una verdad que la Masonería no se cansa de recordar: el trabajo interior se conoce por sus frutos. Un hombre puede creerse muy avanzado, muy iluminado, muy perfeccionado; pero si su perfección no se vuelca en bien hacia los demás, es perfección falsa. El árbol bueno da buen fruto, y el fruto del masón es el servicio al prójimo. La beneficencia no es, pues, un añadido opcional a la vida masónica, sino la prueba misma de que el trabajo interior ha sido verdadero. El que pule su piedra y no la pone al servicio de la obra común ha pulido en vano.
Beneficencia, no limosna
Conviene precisar qué entendemos por beneficencia, pues la palabra se ha empobrecido. No se trata de dar limosna desde la altura, con un gesto que más humilla que ayuda. La beneficencia masónica brota de la fraternidad: ayudo al otro porque lo reconozco como hermano, como igual en dignidad, no como inferior necesitado de mi condescendencia. Esta diferencia es decisiva. La caridad que humilla no es virtud, es vanidad disfrazada. La beneficencia que reconoce la igual dignidad del que recibe es, en cambio, fraternidad en acto. Doy no para sentirme superior, sino porque el bien del hermano es también el mío.
Del símbolo a la calle
Toda nuestra simbología apunta, en última instancia, a la acción en el mundo. Las herramientas que manejamos no son adornos: son llamadas a obrar. El nivel proclama la igualdad: pues bien, trabajemos por una sociedad más igualitaria. La plomada exige rectitud: seámoslo en nuestros tratos con todos. La escuadra manda justicia: practiquémosla. El compás abre horizontes de fraternidad: extendámosla más allá del Templo. Sería una traición vivir estos símbolos en la logia y olvidarlos en la calle. La beneficencia es el momento en que el símbolo se hace carne, en que la enseñanza recibida se convierte en pan compartido, en techo para el sin techo, en consuelo para el afligido.
Discreta, como toda obra verdadera
Una característica de la beneficencia masónica me parece especialmente bella: su discreción. El masón que ayuda no lo pregona, no busca el aplauso ni el reconocimiento. La mano izquierda no sabe lo que hace la derecha. He conocido a hermanos que socorrieron a muchos sin que nadie lo supiera, que sostuvieron a familias enteras en el silencio más absoluto. Esa discreción no es timidez, sino pureza de intención: se hace el bien por el bien mismo, no por la gloria que reporta. La beneficencia que se exhibe se corrompe; la que se oculta se purifica. En el silencio de la ayuda discreta reconozco la marca del masón auténtico.
El peligro de la mejora egoísta
Debo señalar una tentación sutil que acecha al camino iniciático. Es posible convertir el trabajo sobre uno mismo en una forma refinada de egoísmo: ocuparse de la propia perfección, de la propia paz interior, de la propia elevación, olvidando al hermano que sufre. Hay una espiritualidad ensimismada que es, en el fondo, la más sutil de las vanidades. La beneficencia es el antídoto contra ese veneno. Nos saca de nosotros mismos, nos vuelve hacia el otro, nos recuerda que no nos perfeccionamos para nuestro solo disfrute, sino para ser más útiles. El masón que solo se cultiva a sí mismo se ha equivocado de camino; el verdadero trabajo interior desemboca, necesariamente, en el amor al prójimo.
La obra que da sentido a todas las demás
Concluyo con la convicción que ha ido madurando en mí a lo largo de este camino. La beneficencia no es una obra más entre otras: es la que da sentido a todas las demás. ¿Para qué el silencio, el juramento, la regla, las columnas, la escalera, el drama de Hiram, si no es para hacer de nosotros hombres más capaces de amar y de servir? Todo el edificio simbólico de la Masonería culmina, si es fiel a sí mismo, en manos tendidas hacia el que sufre. El trabajo interior y el compromiso social no son dos cosas distintas, sino las dos fases de un solo movimiento: hacerse mejor para hacer el bien. Cada vez que ayudo a un hermano, dentro o fuera de la logia, siento que toda mi tarea masónica encuentra por fin su sentido. La piedra que tanto me ha costado pulir no era para mí: era para servir a la gran obra de hacer el mundo más justo y más fraterno.