El compás y la escuadra: equilibrio entre espíritu y materia
Las dos herramientas mayores
Sobre el ara de toda logia descansan, entrelazados, el compás y la escuadra. No hay imagen más reconocible de la Masonería, y no es casual: en esas dos herramientas se cifra buena parte de nuestra sabiduría. La escuadra traza el ángulo recto, mide lo terrestre, lo material, lo recto. El compás describe el círculo, traza lo celeste, lo espiritual, lo que aspira a lo alto. Entre ambas se juega la vida entera del hombre. Llevo años meditando sobre su entrelazamiento, y aún no he agotado lo que tienen que decirme.
La escuadra y la materia
La escuadra es herramienta de la tierra. Con ella se verifica que una piedra esté bien tallada, que un ángulo sea recto, que una construcción se asiente con solidez. Simboliza, pues, las virtudes terrestres: la rectitud en el obrar, la justicia en el trato, la fidelidad a las exigencias concretas de la vida. La escuadra nos recuerda que somos seres encarnados, con deberes materiales, con una existencia que hay que construir piedra a piedra. El que desprecia la escuadra, soñando solo con lo elevado, edifica castillos en el aire. La materia tiene sus leyes, y hay que honrarlas.
El compás y el espíritu
El compás, en cambio, traza círculos, y el círculo ha sido siempre símbolo de lo celeste, de lo infinito, de lo espiritual. Con el compás el arquitecto mide proporciones, asciende del dato a la idea, abre el horizonte. Simboliza las aspiraciones del espíritu: la búsqueda de la verdad, el anhelo de lo trascendente, la capacidad de elevarse por encima de lo inmediato. El que olvida el compás, atrapado solo en lo material, se vuelve un ser sin altura, prisionero de la tierra. El espíritu necesita su instrumento, y ese instrumento abre el ángulo hacia lo alto.
La tensión de los grados
Hay un detalle del ritual que me parece de una profundidad inmensa. Según el grado del masón, varía la posición relativa del compás y la escuadra sobre el ara. En el grado de Aprendiz, la escuadra cubre al compás: domina aún la materia. En el grado de Compañero, se entrelazan: materia y espíritu pugnan en equilibrio. En el grado de Maestro, el compás cubre a la escuadra: el espíritu ha tomado la primacía. Esta progresión describe el camino entero del iniciado: de la sujeción a la materia hacia la libertad del espíritu, sin negar nunca la una ni el otro.
Ni ángeles ni bestias
Lo que estas dos herramientas me han enseñado, sobre todo, es a rechazar dos errores opuestos. El primero es el del materialista que solo reconoce la escuadra, que reduce al hombre a sus necesidades terrestres y se burla de toda aspiración espiritual. El segundo es el del falso espiritualista que solo quiere el compás, que desprecia el cuerpo y las obligaciones concretas, soñando con una pureza desencarnada. Ambos mutilan al hombre. La verdad humana está en el entrelazamiento: somos espíritu y materia a la vez, y la sabiduría consiste en honrar ambos sin sacrificar ninguno. Ni ángeles ni bestias: hombres completos.
El arte de armonizar
Armonizar el compás y la escuadra es el arte de toda una vida. Hay días en que la materia me reclama, el trabajo, el sustento, las mil exigencias concretas, y debo atenderla con la escuadra de la rectitud. Hay momentos en que el espíritu pide su parte, la meditación, la búsqueda, la elevación, y debo abrir el compás hacia lo alto. El error está en absolutizar uno de los dos tiempos. La sabiduría está en pasar de uno a otro con fluidez, en mantenerlos entrelazados como en el ara. He fracasado muchas veces en este equilibrio, inclinándome ora a un extremo, ora al otro. Pero las dos herramientas, ahí sobre el ara, me recuerdan siempre la medida justa.
Trazar la vida con ambas
Concluyo con la imagen que resume mi pensamiento. Una vida bien construida se traza con las dos herramientas a la vez: la escuadra que asegura la rectitud terrestre y el compás que abre el horizonte espiritual. Ni la una ni el otro bastan solos. El hombre que solo usa la escuadra construye sólido pero bajo; el que solo usa el compás sueña alto pero no edifica. El Maestro Masón aprende a trazar el plano de su existencia con ambas, asentando los cimientos en la tierra con la escuadra y elevando las bóvedas hacia el cielo con el compás. Cada vez que contemplo las dos herramientas entrelazadas sobre el ara, leo en ellas el programa entero de mi vida: ser plenamente terrestre y plenamente espiritual, sin renunciar a nada de lo que me hace hombre.