Las constituciones de Anderson: piedra angular de la masonería moderna
Un documento que nos funda
Toda institución tiene un acta de nacimiento, un texto que marca el paso de lo disperso a lo organizado. Para la Masonería moderna, ese texto son las Constituciones que James Anderson redactó y que vieron la luz en 1723. No exagero al llamarlas piedra angular: sobre ellas se asienta buena parte del edificio de la Orden tal como hoy la conocemos. He vuelto muchas veces sobre ese documento, y cada lectura me confirma su importancia y la vigencia de sus principios.
Del oficio al símbolo
Para comprender las Constituciones hay que recordar de dónde venía la Masonería. Sus raíces están en las cofradías de canteros medievales, hombres del oficio que construían catedrales y guardaban los secretos de su arte. Con el tiempo, junto a los masones operativos, los que efectivamente trabajaban la piedra, fueron admitiéndose masones aceptados, hombres que no ejercían el oficio pero compartían sus ideales. Las Constituciones de 1723 consagran ese tránsito: de la masonería operativa, del oficio material, a la masonería especulativa, simbólica, dedicada a la construcción del hombre interior. Ese paso, codificado en el documento, nos hizo lo que somos.
La tolerancia como ley fundamental
Lo que más admiro de las Constituciones es su espíritu de tolerancia, sorprendente para su época. En un tiempo aún desgarrado por conflictos religiosos, Anderson estableció que el masón no quedaba obligado a una confesión particular, sino a la religión en que todos los hombres convienen, dejando a cada uno sus opiniones propias. Esta cláusula, que abría la logia a hombres de distintas creencias, fue revolucionaria. Convirtió a la Masonería en un punto de encuentro por encima de las divisiones confesionales. De aquella afirmación nace nuestra práctica de reunir, bajo el Gran Arquitecto, a hermanos de toda fe. La tolerancia no es un añadido posterior: está en nuestra acta fundacional.
El hombre libre y de buenas costumbres
Las Constituciones definen también quién puede ser admitido: el hombre libre y de buenas costumbres. Estas pocas palabras encierran todo un ideal. Libre, porque la Masonería es cosa de hombres dueños de sí mismos, no de siervos ni de espíritus serviles. De buenas costumbres, porque no basta la libertad: se exige rectitud moral. Este doble requisito, libertad y virtud, sigue siendo el criterio de nuestra fraternidad. No nos une la sangre, ni la patria, ni la fortuna, sino la condición compartida de hombres libres que aspiran al bien. Anderson lo grabó con precisión que el tiempo no ha gastado.
Un marco, no una cárcel
Conviene entender bien qué son unas constituciones. No son un dogma que congele el pensamiento, sino un marco que ordena la vida común. Las Constituciones de Anderson no dictan lo que cada masón debe creer, sino las reglas que permiten a hombres diversos trabajar juntos en armonía. Hay en ellas una sabiduría política profunda: establecer lo común indispensable y dejar libre todo lo demás. Por eso han durado. Las instituciones que pretenden regularlo todo se quiebran; las que fijan unos pocos principios firmes y dejan respirar a sus miembros perduran. Anderson supo trazar esa frontera con mano maestra.
Sus límites históricos
No idealizaré el documento. Es hijo de su tiempo y arrastra sus límites: una visión del mundo que las épocas posteriores han debido ampliar y corregir. Sería un error leer las Constituciones como un texto perfecto e intocable. La Masonería ha evolucionado, ha matizado, ha desarrollado lo que en 1723 solo estaba en germen. Honrar las Constituciones no significa fosilizarlas, sino mantener vivo su espíritu, que es más amplio que su letra. El propio Anderson, hombre ilustrado, habría rechazado que se convirtiera su obra en un dogma muerto. Lo que perdura no es cada palabra, sino el aliento de tolerancia, libertad y fraternidad que las anima.
La piedra que aún sostiene
Concluyo con la imagen del título. En toda construcción hay una piedra angular, la primera que se asienta y sobre la que se ajustan todas las demás. Las Constituciones de Anderson son esa piedra para la Masonería moderna. Sin ellas, las logias dispersas no se habrían unido en un cuerpo coherente, ni se habrían fijado los principios que aún nos rigen. Cada vez que reconozco en mi logia el espíritu de tolerancia, la admisión del hombre libre y de buenas costumbres, la reunión fraterna por encima de las creencias, sé que estoy pisando una piedra puesta hace tres siglos. Honrarla no es mirar al pasado con nostalgia, sino reconocer el cimiento sobre el que seguimos construyendo. La piedra angular sigue sosteniendo el edificio, y nuestro deber es ser dignos de ella.