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El Gran Arquitecto del Universo: dios, principio o metáfora

Anónimo · 20 de julio de 2022

La pregunta que todos hacen

Cuando alguien que no conoce la masonería pregunta «¿los masones creen en Dios?», la respuesta correcta es incómoda porque no es simple. Los masones creen en el Gran Arquitecto del Universo. ¿Y qué es eso? Aquí empieza la complejidad.

He hablado con hermanos que son creyentes convencidos de una religión monoteísta y que identifican sin duda el GADU con el dios de su fe. He hablado con hermanos deístas que ven en el GADU al principio inteligente que ordenó el universo pero que no interviene en los asuntos humanos. He hablado con hermanos agnósticos que lo interpretan como una metáfora de la razón o del orden cósmico. Y he hablado, aunque más raramente, con hermanos que reconocen mantener una relación ambigua y no resuelta con la pregunta misma.

Todos estos hermanos trabajan en la misma logia, bajo las luces del mismo oriente.

La solución de Anderson

Las Constituciones de Anderson, en 1723, encontraron una formulación que ha resistido tres siglos: el masón debe creer en el «Gran Arquitecto del Universo» y en las obligaciones morales que se siguen de esa creencia, sin que se le exija pertenencia a ninguna denominación religiosa específica.

Esta decisión no fue teológicamente neutral: fue deliberadamente inclusiva. Anderson y sus contemporáneos sabían que estaban abriendo la logia a hombres de distintas confesiones, y la fórmula del GADU era la solución: un nombre lo suficientemente amplio para que cada creyente pudiera reconocer en él a su dios, y lo suficientemente abstracto para que los deístas del siglo XVIII, que rechazaban la revelación pero no el principio creador, también se sintieran incluidos.

Lo que el nombre implica

«Gran Arquitecto del Universo» no es una denominación aleatoria. La metáfora arquitectónica es significativa: un arquitecto diseña, planifica, ordena. Un arquitecto no crea de la nada, como el dios de las tradiciones abrahámicas en su sentido más estricto: trabaja con materiales, proporciones, leyes. La metáfora sugiere un principio ordenador más que un creador omnipotente y arbitrario.

Esto conecta con la tradición pitagórica y platónica que influyó en el pensamiento masónico del siglo XVIII: el universo tiene una estructura matemática, geométrica, armoniosa. Esa estructura no es un accidente. Hay algo, llámese dios, razón cósmica, principio ordenador, que da cuenta de ella.

La masonería no prescribe cuál de estas interpretaciones es la correcta. Pero sí pide que el masón tome en serio la pregunta. El hombre que se declara indiferente a la dimensión espiritual de la existencia, que reduce todo lo que existe a lo material y medible, encuentra en la masonería un límite: la exigencia de al menos una apertura hacia lo que trasciende lo estrictamente técnico.

La dimensión práctica

Más allá de la teología, hay una dimensión práctica en la referencia al GADU que me parece fundamental. Cuando el Venerable evoca al Gran Arquitecto al abrir los trabajos, está haciendo algo concreto: está recordando a todos los presentes que el trabajo que van a realizar ocurre en un horizonte que trasciende los intereses inmediatos de cada uno.

La logia no es solo una reunión de personas con intereses comunes. Es un espacio donde se trabaja bajo la mirada de algo mayor que cualquiera de los presentes. Eso tiene un efecto moral real: eleva las exigencias, amplía la perspectiva, hace que las pequeñas vanidades y los conflictos de ego pierdan importancia frente a la obra común.

Que cada hermano entienda ese «algo mayor» de forma diferente no importa demasiado. Lo que importa es que todos lo reconozcan y se dejen interpelar por él.