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El nivel y la plomada: herramientas de la rectitud moral

Anónimo · 7 de abril de 2023

Dos instrumentos, dos virtudes

El carpintero y el albañil las usan por razones estrictamente prácticas: el nivel verifica que una superficie es horizontal, la plomada que una línea es vertical. Sin estas dos herramientas, la construcción se tuerce, las paredes no son rectas, los pisos no son planos. En la arquitectura física, son instrumentos de corrección.

En la arquitectura moral que propone la masonería especulativa, nivel y plomada conservan exactamente esa función, pero sobre materiales distintos. El nivel corrige la tendencia a tratar a los seres humanos como si no fueran iguales. La plomada corrige la tendencia a torcerse en la propia conducta cuando nadie mira.

El nivel: la igualdad como práctica

La igualdad que simboliza el nivel no es la igualdad abstracta de las declaraciones políticas, aunque la masonería haya contribuido a formular esas declaraciones. Es la igualdad concreta, la que se practica o no se practica en cada interacción.

Dentro del templo, el nivel tiene una expresión bien conocida: los hermanos se tratan como iguales independientemente de su posición social exterior. El Venerable puede ser empleado del hermano que ocupa la columna del norte en el mundo profano. El hermano que trabaja como obrero manual puede ser más sabio en las cosas del espíritu que el hermano que ostenta títulos académicos. En el templo, ninguna de esas jerarquías exteriores se traslada automáticamente al rango iniciático.

Esta igualdad no es fácil. Cuesta. El hombre acostumbrado a ser tratado con deferencia en el mundo exterior puede resistir, inconscientemente, ser tratado como un igual entre iguales. El hombre acostumbrado a ocupar posiciones subordinadas puede desconfiar de una igualdad que no ha encontrado en otro lugar.

El trabajo con el nivel es el esfuerzo consciente de superar estas resistencias. De mirar al otro hermano a los ojos, no desde arriba ni desde abajo, y reconocer en él exactamente la misma dignidad que uno reconoce en sí mismo.

La plomada: la rectitud sin testigos

Si el nivel trabaja sobre las relaciones con los demás, la plomada trabaja sobre la relación con uno mismo. La plomada verifica la verticalidad de la propia conducta: ¿soy el mismo cuando me observan que cuando nadie me ve?

Esta pregunta es la prueba de la integridad. La integridad no es la virtud del que se comporta bien cuando hay testigos. Es la virtud del que se comporta bien porque esa es su naturaleza, independientemente de quien observe.

El trabajo con la plomada es, en cierta manera, el más solitario de los trabajos masónicos. Nadie puede hacerlo por uno. Nadie puede verificarlo desde fuera con la misma precisión con que uno lo verifica desde dentro. La plomada del masón es interna: la conciencia que pregunta, en cada momento de decisión, si la conducta que va a seguirse es recta o está torcida.

Nivel y plomada juntos: el ángulo recto

No es casualidad que el nivel (horizontal) y la plomada (vertical) se encuentren en el ángulo recto, que es el símbolo de la escuadra. El ángulo recto es la perfección de la intersección: la forma en que dos líneas se encuentran sin torcerse la una sobre la otra.

En términos morales, el ángulo recto representa la perfecta articulación entre la virtud social, el trato igualitario a los demás, y la virtud personal, la rectitud interior. Un masón puede ser extraordinariamente recto en su vida privada pero injusto en su trato a quienes considera inferiores. Otro puede ser impecable en las formas sociales pero corrupto en privado. Ninguno de los dos ha alcanzado el ángulo recto que prescribe la escuadra.

El ideal masónico es la coincidencia de ambas virtudes: ser recto cuando nadie mira y ser igualitario cuando el mundo tienta a la jerarquía.