El ritual masónico: entre la liturgia y el teatro sagrado
Dos acusaciones y una defensa
Los críticos externos de la masonería suelen atacarla desde dos flancos opuestos. Los religiosos la acusan de ser un culto pagano que imita las formas de la liturgia sagrada sin tener la sustancia de la fe verdadera. Los racionalistas la acusan de ser un teatro de disfraces adultos que hace perder el tiempo con ceremonias sin sentido cuando podría dedicarse a la acción social directa.
Ambas acusaciones parten del mismo error: no comprender qué es el ritual y para qué sirve.
El ritual como técnica
El ritual es una tecnología de transformación. No metafóricamente: el ritual es un conjunto de procedimientos técnicos, gestos, palabras, disposición del espacio, secuencia temporal, que producen efectos reales en quienes lo practican cuando se practica correctamente.
La neurociencia contemporánea ha comenzado a estudiar este fenómeno con herramientas que los fundadores de la masonería especulativa no tenían. Lo que encuentran confirma lo que la tradición iniciática sabía empíricamente: que los rituales repetidos, especialmente aquellos que incluyen elementos sensoriales múltiples y una carga simbólica densa, producen cambios medibles en el estado neurológico y emocional de los participantes.
No necesitamos esperar a la ciencia para saberlo. Cualquier masón que haya vivido una tenida de apertura bien conducida, con los hermanos en sus lugares, el templo correctamente dispuesto y el Venerable que domina el ritual con autoridad y devoción, sabe que algo ocurre en ese espacio que no ocurre en una reunión ordinaria de personas en una sala cualquiera.
La dimensión teatral
La masonería toma prestados elementos del teatro: hay roles que se representan, hay vestuario simbólico, hay una disposición espacial que separa al actor del espectador, hay una secuencia narrativa que puede seguirse como una obra dramática.
Esta dimensión teatral no es una debilidad. Es una fortaleza. El teatro, desde los griegos, ha sido reconocido como un espacio donde la verdad puede expresarse de manera más directa que en el discurso argumentativo, porque opera sobre el cuerpo y la emoción además de sobre el intelecto.
El ritual masónico opera de la misma manera. Cuando un candidato vive la iniciación, no solo recibe información sobre los símbolos y su significado. Experimenta una transformación que involucra su cuerpo, sus emociones, su sistema nervioso. La oscuridad que precede a la luz, el contacto físico de los hermanos en la cadena, la voz del Venerable que conduce la ceremonia, todo esto produce una experiencia que ningún libro sobre masonería puede reemplazar.
La dimensión litúrgica
Y sin embargo, el ritual masónico tampoco es solo teatro. El teatro produce un efecto en el espectador que se sabe espectador. El ritual masónico funciona en la medida en que los participantes no son espectadores sino actores que se saben actores de algo real.
La liturgia, en sentido amplio, no solo religioso, es la repetición de formas que ponen al participante en contacto con algo que trasciende el momento inmediato. La misa conecta al fiel con el sacrificio fundacional del cristianismo. El seder de Pascua conecta al judío con el Éxodo. El ritual masónico conecta al hermano con la cadena de iniciados que lo han practicado antes que él, con la tradición de los constructores, con los valores que la Orden ha mantenido a lo largo de siglos.
Esta dimensión temporal, la sensación de participar en algo más largo que una vida individual, es lo que el ritual masónico produce cuando funciona como debería. Y es irreemplazable.
El error que hay que evitar
El mayor error que puede cometer un masón respecto al ritual es tratarlo como una formalidad que hay que cumplir para poder hacer las cosas importantes. Como si la tenida fuera el trámite previo a la conversación fraternal que se tiene después.
El ritual es la cosa importante. Es el espacio donde el trabajo masónico ocurre de manera más concentrada y más efectiva. Todo lo demás, las conversaciones, las lecturas, las planchas como esta, son preparación o prolongación del ritual. No al revés.