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El silencio como primera virtud del Aprendiz

Anónimo · 14 de octubre de 2021

Lo que aprendí antes de entrar

Cuando me preparaban para el ingreso al templo, el hermano que me acompañaba me dio una única instrucción: escucha. No me explicó rituales ni doctrinas. Solo eso. Tardé meses en comprender que aquella instrucción no era una preparación para la ceremonia, sino el resumen de todo lo que la masonería iba a pedirme durante años.

El silencio es la primera virtud que la Orden exige al Aprendiz, y también la más difícil. Vivimos en un mundo que confunde la palabra con la inteligencia y el ruido con la vitalidad. Quien habla mucho parece activo; quien calla parece pasivo. La tradición masónica invierte radicalmente esta jerarquía.

El silencio como escucha activa

No hablo de un silencio vacío. El silencio masónico del primer grado es una forma de atención extrema, una apertura total hacia lo que el templo, el ritual y los hermanos tienen para enseñar. Es el silencio del que aún no sabe, pero sabe que no sabe, y en esa conciencia de su propia ignorancia encuentra la mejor disposición para aprender.

Hay una enseñanza que el Aprendiz recibe casi sin darse cuenta: que la mayor parte del conocimiento no llega a través de lo que uno dice, sino de lo que uno es capaz de recibir. Y recibir requiere espacio interior. El ruido mental, el juicio apresurado, la opinión prefabricada, el impulso de hablar antes de haber escuchado, llena ese espacio y hace imposible el aprendizaje real.

La piedra bruta también es silenciosa. No se impone al cantero. Espera la herramienta. En esa disposición de espera hay una enseñanza que el símbolo lleva inscrita: el material que no resiste recibe mejor la forma.

El silencio hacia el exterior

Hay una segunda dimensión del silencio que la tradición exige al masón: la discreción hacia el mundo profano. El neófito aprende pronto que hay cosas que no se cuentan fuera del templo. Esta exigencia ha generado toda clase de malentendidos sobre el «secreto masónico».

Pero hay algo más profundo que la mera discreción ritual. Cuando el Aprendiz aprende a no hablar indiscriminadamente de lo que ocurre en logia, está aprendiendo también a distinguir entre los contextos en los que la palabra es apropiada y aquellos en que lo es el silencio. Esa distinción, saber cuándo hablar y cuándo callar, es una forma de sabiduría práctica que se traslada a toda la vida.

El hermano que cuenta en casa cada detalle de la tenida no viola solo una norma: demuestra que aún no ha comprendido que el sentido de lo que ocurre en el templo es inseparable del contexto en que ocurre. Sacado de ese contexto, el ritual resulta ridículo o incomprensible. El silencio protege no solo a la Orden, sino al propio significado.

El silencio hacia uno mismo

Existe una tercera dimensión, la más exigente: el silencio interior. Antes de cada tenida, los hermanos tienen unos minutos de recogimiento. Yo tardé mucho en aprovecharlos. Al principio los usaba para revisar mentalmente los compromisos del día siguiente, para resolver algún asunto pendiente, para cualquier cosa menos silenciar el monólogo interno que no cesa.

El trabajo real sobre el silencio interior no se hace en esos cinco minutos previos a la tenida. Se hace durante toda la semana, en la vida cotidiana, en la capacidad de estar presente sin estar permanentemente comentando lo que pasa. El Aprendiz que practica esto descubre algo inesperado: que la mente silenciosa percibe mucho más que la mente ruidosa. Y lo que percibe, con frecuencia, cambia la visión que uno tenía de sí mismo.

La piedra que espera

El silencio no es una virtud menor ni una condición provisional que se supera al avanzar de grado. Los grandes maestros de la tradición masónica son reconocibles, entre otras cosas, por la calidad de su silencio: hablan cuando tienen algo que decir, y cuando hablan, sus palabras tienen peso porque no las han desgastado con el uso innecesario.

El Aprendiz que aprende a callar está aprendiendo, al mismo tiempo, a que sus palabras signifiquen algo cuando lleguen. Está labrando no solo la piedra bruta exterior, sino también ese instrumento más sutil y más peligroso que es la lengua.