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El templo de Salomón como plano del cosmos interior

Anónimo · 30 de agosto de 2020

Un templo que nunca existió tal como lo describimos

Conviene ser honestos con nosotros mismos desde el principio: el Templo de Salomón tal como la tradición masónica lo describe, sus medidas, sus personajes, su arquitectura simbólica, no corresponde exactamente a ningún edificio histórico documentado. La arqueología bíblica ofrece datos fragmentarios e inciertos sobre lo que pudo haber en el Monte del Templo de Jerusalén hace tres mil años.

Esto no invalida la enseñanza masónica. La invalida solo si uno confunde el símbolo con la historia. El Templo masónico es una construcción simbólica, deliberadamente elaborada a lo largo de siglos por generaciones de iniciados que encontraron en esa imagen el vehículo más eficaz para transmitir ciertas verdades sobre el trabajo espiritual.

Y el símbolo funciona. Funciona precisamente porque es un símbolo y no un reportaje histórico.

El plano como herramienta

Todo arquitecto trabaja con un plano antes de levantar un edificio. El plano no es el edificio: es su representación proyectada, la imagen de lo que será cuando el trabajo esté terminado. El tablero de trazar del Maestro Masón funciona de la misma manera: contiene el plano del edificio que se va a construir.

El Templo de Salomón es el gran plano de la masonería. No un edificio que hay que reconstruir físicamente, sino un modelo de lo que puede llegar a ser un ser humano cuando su trabajo sobre sí mismo alcanza la perfección que el símbolo promete.

Las proporciones del templo, el Santo Lugar y el Santísimo, las columnas del pórtico, las cámaras interiores, la decoración de querubines y palmeras, no describen una arquitectura exterior sino un mapa interior: las distintas dimensiones del ser humano y las relaciones entre ellas.

El pórtico y las columnas: el umbral de uno mismo

Ya he hablado en esta logia sobre el simbolismo de las columnas J y B. Solo quiero añadir aquí que en el mapa del templo interior, el pórtico con sus dos columnas representa el punto de acceso al propio ser: el momento en que uno decide entrar en sí mismo en lugar de permanecer en la superficie.

La mayoría de los seres humanos viven en el pórtico de sí mismos. Conocen su nombre, sus preferencias, sus hábitos. No conocen lo que hay detrás de las columnas: las cámaras interiores donde residen los motivos reales de sus actos, los miedos que determinan sus elecciones, las potencias que nunca han activado.

El trabajo masónico, en la imagen del Templo, es el trabajo de entrar en las cámaras interiores de uno mismo. Un proceso que puede durar toda una vida y que, por cada puerta que se abre, revela la existencia de otra puerta más allá.

El Santísimo: lo que no puede describirse

En el templo de Salomón, el Sancta Sanctorum, el Santísimo, era el espacio más interior, el más sagrado, al que solo el Sumo Sacerdote podía acceder y solo una vez al año. Nadie más podía entrar. Y quienes lo describían después apenas podían articular lo que habían visto.

En el mapa del templo interior, el Santísimo corresponde a la dimensión más profunda del ser humano: ese núcleo que la filosofía perenne llama de diversas maneras (el atman del vedanta, el «hombre interior» de los neoplatónicos, la «chispa divina» de los gnósticos) y que la psicología moderna apenas bordea con sus herramientas.

La tradición masónica, sabiamente, no prescribe qué hay en ese espacio interior más profundo. Solo dice que existe, que merece ser explorado, y que el trabajo iniciático es, en última instancia, el camino hacia él.