La escalera de caracol y el ascenso iniciático
Subir sin ver el final
En el relato del Templo de Salomón se menciona una escalera de caracol que conducía a las cámaras superiores. La Masonería la ha convertido en uno de sus símbolos más entrañables para el Compañero. Lo que siempre me ha conmovido de esta imagen es su forma: una escalera recta deja ver la cima desde el primer peldaño, pero una escalera de caracol oculta el final tras cada vuelta. Se sube sin saber cuánto falta. Así es, exactamente, el camino iniciático.
La curva como ley del crecimiento
La línea recta es cosa de máquinas; la naturaleza prefiere la espiral. La concha del caracol, el giro de las galaxias, el crecimiento de las plantas trepadoras: todo asciende girando. El alma no es una excepción. No progresamos en línea directa sino dando vueltas, volviendo aparentemente al mismo punto pero un poco más arriba. Cuántas veces he creído recaer en un viejo defecto y he descubierto luego que lo enfrentaba desde un peldaño superior. La espiral nos enseña paciencia con nuestras recaídas.
Peldaño a peldaño
La escalera no se sube de un salto. Cada grado masónico es un peldaño, y cada peldaño exige haber consolidado el anterior. He visto la impaciencia de hermanos jóvenes que quisieran ser Maestros antes de haber sido Aprendices de verdad. Pero el que salta peldaños se rompe la crisma. El ascenso iniciático es lento por necesidad, no por capricho de la tradición. Cada escalón debe ser pisado con todo el peso del cuerpo y del alma antes de levantar el otro pie.
La fe del que sube
Subir una escalera de caracol exige una forma de fe. No la fe del crédulo, sino la confianza razonable de que el camino lleva a alguna parte aunque yo no vea adónde. En los momentos de duda, y todo masón los tiene, esa confianza es lo único que nos mantiene en marcha. He atravesado años en que no comprendía el sentido de lo que hacía, en que el ritual me parecía vacío y la fraternidad, lejana. Y sin embargo seguí subiendo. Hoy agradezco no haberme detenido, porque el peldaño siguiente me devolvió la luz.
Mirar abajo de vez en cuando
No todo es mirar hacia arriba. La escalera de caracol también permite, al asomarse al hueco central, ver el camino recorrido. De cuando en cuando conviene detenerse y contemplar desde dónde hemos venido. No por vanidad, sino por gratitud y por aliento. El que olvida sus comienzos se vuelve soberbio; el que los recuerda halla fuerzas para continuar. Yo guardo viva la memoria de aquel Aprendiz torpe y orgulloso que fui, y compararme con él me da medida del trecho andado.
La cima que es un nuevo comienzo
Existe una ilusión peligrosa: creer que la escalera tiene un final donde uno se instala para siempre. No lo hay. Cada cámara a la que se llega abre una nueva escalera. El grado de Maestro no es una meta donde descansar, sino un nivel desde el que se descubre cuánto queda por subir. El verdadero iniciado sabe que nunca dejará de ser aprendiz de sí mismo. La escalera de caracol no termina mientras dura la vida.
Subir es la única forma de no caer
Termino con la lección que más me ha servido. En una escalera de caracol no existe el punto neutro: o se sube o se resbala hacia abajo. No hay descansillo eterno. El que se detiene demasiado tiempo, en realidad desciende, porque el alma que no progresa retrocede. Por eso, aunque me pesen los años, sigo poniendo cada día el pie en el peldaño siguiente. Sin ver la cima, sin saber cuánto falta, fiándome de la curva. Esa es, para mí, toda la sabiduría del Compañero: seguir subiendo la escalera de caracol con la humildad del que sabe que jamás verá su final, y la confianza del que sabe que merece la pena.