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La estrella flamígera y sus múltiples interpretaciones

Anónimo · 30 de enero de 2024

Una estrella en el centro

En el corazón de muchas logias brilla la estrella flamígera, esa estrella de cinco puntas envuelta en llamas que lleva en su centro la letra G. La he contemplado mil veces y nunca me ha entregado un único sentido. Y he llegado a pensar que esa es justamente su grandeza: la estrella flamígera no significa una cosa, sino muchas, y cada hermano la lee según la luz de su propio camino. Quiero recorrer algunas de esas lecturas, sin pretender agotarla, pues ningún símbolo vivo se deja agotar.

La letra G y sus ecos

Empecemos por la letra que la habita. La G ha sido interpretada de múltiples maneras a lo largo de nuestra historia. Para unos evoca la Geometría, ese arte regio que la Masonería venera como llave del orden del mundo. Para otros remite al Gran Arquitecto del Universo, el principio que ordena el cosmos. No faltan quienes ven en ella el Genio, la chispa creadora del hombre, o la Gnosis, el conocimiento que ilumina. Lejos de inquietarme, esta pluralidad me encanta: la estrella reúne en una sola letra la geometría, lo divino y el conocimiento, como si dijera que en el fondo son lo mismo.

La luz que arde

La estrella es flamígera, es decir, llameante. No es un astro frío, sino una llama. Y la llama, en toda tradición, es símbolo del espíritu, de la luz que no solo alumbra sino que arde, calienta y transforma. Veo en ello una enseñanza preciosa: el conocimiento masónico no es luz fría de erudición, sino fuego que transforma al que lo recibe. La sabiduría que no quema, que no cambia la vida del que la posee, no es sabiduría iniciática. La estrella flamígera me recuerda que aspiro a una luz ardiente, no a un saber inerte.

El cinco y el hombre

Sus cinco puntas no son casuales. El cinco es, en la tradición, el número del hombre: cabeza y cuatro miembros, los cinco sentidos, el microcosmos. La estrella de cinco puntas dibuja, en muchas representaciones, la figura humana con los brazos y las piernas extendidos. Así, la estrella flamígera es también imagen del hombre iluminado, del Compañero que ha encontrado la luz y la irradia. No es una estrella lejana en el cielo: es el hombre mismo convertido en luz. Esta lectura, que tardé en descubrir, me conmueve especialmente.

El símbolo que no se cierra

Aquí está lo que de verdad quiero transmitir. Algunos hermanos se inquietan ante la multiplicidad de interpretaciones y reclaman “la verdadera”. Yo creo que se equivocan. Un símbolo no es un jeroglífico con una única solución, sino un manantial inagotable de sentido. La estrella flamígera admite muchas lecturas porque es viva, y lo vivo es siempre más rico que cualquier definición. El que la encierra en un solo significado la mata. El que la deja abierta la mantiene fecunda. Aprender a habitar esa apertura, sin angustia por la certeza única, es ya una conquista espiritual.

Cada cual lee su estrella

He observado, además, que cada hermano se siente atraído por una lectura distinta según su temperamento y su momento. El matemático ve la geometría; el creyente, lo divino; el artista, el genio; el buscador, la gnosis. Y todos tienen razón, porque la estrella los acoge a todos. Más aún: a lo largo de mi propia vida la he leído de maneras diferentes, según iba creciendo. La estrella no cambia; cambio yo, y ella me devuelve cada vez una imagen nueva. Es un espejo de luz que refleja el estado del alma que la contempla.

La estrella que guía

Concluyo con la función que da nombre a otra estrella hermana, la polar: la de guiar. La estrella flamígera, en el centro de la logia, es ante todo una guía. Señala el norte del trabajo iniciático: la luz, el conocimiento, la transformación del hombre en ser luminoso. No importa tanto cerrar su significado cuanto dejarse guiar por ella. Cuando levanto la vista hacia la estrella flamígera, no busco descifrarla del todo; busco orientarme. Ella me dice: hacia la luz, siempre hacia la luz. Y mientras la siga, sé que no me extraviaré. Esa es, por encima de todas sus interpretaciones, la única que de verdad necesito: la estrella que arde para guiarme hacia mi propia luz interior.