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El Gran Arquitecto del Universo: filosofía y creencia

Anónimo · 11 de febrero de 2022

Un símbolo, no una definición

Cuando un profano pregunta qué entiende la Masonería por Gran Arquitecto del Universo, espera una definición teológica, y se sorprende al no recibirla. El Gran Arquitecto no es un dogma sobre la naturaleza de Dios, sino un símbolo. Bajo él se reúnen el creyente y el dudoso, el de una fe y el de otra, cada uno llenándolo con el contenido que su conciencia le dicta. He visto en ello una de las invenciones más sabias de nuestra Orden, y quiero explicar por qué.

La metáfora del arquitecto

¿Por qué arquitecto, y no padre, o señor, o juez, como en otras tradiciones? Porque la imagen del arquitecto evoca el orden, el plano, la inteligencia que estructura. El universo se nos presenta como una obra trazada con medida: leyes constantes, proporciones armónicas, geometría en la flor y en la galaxia. Llamar al principio de ese orden “Gran Arquitecto” es afirmar que el cosmos no es caos, sino construcción. Cada uno decidirá si tras esa construcción hay una persona, una ley impersonal o un misterio innombrable. La Masonería no lo dirime.

Unir sin uniformar

La grandeza del símbolo está en que une sin uniformar. En torno al Gran Arquitecto pueden trabajar fraternalmente hombres cuyas teologías serían, fuera del Templo, incompatibles. El símbolo es lo bastante amplio para acoger sus diferencias y lo bastante firme para darles un centro común. Es como un punto de fuga hacia el que todos miran desde ángulos distintos. Sin él, cada hermano impondría su definición y la logia se rompería en sectas. Con él, la diversidad de creencias se vuelve riqueza en lugar de conflicto.

Ni teísmo impuesto ni ateísmo militante

Quiero ser claro sobre los dos extremos que el símbolo evita. No impone una religión: nadie ha de profesar un credo particular para hallar su lugar bajo el Gran Arquitecto. Pero tampoco consagra el ateísmo militante que niega todo principio superior. El símbolo invita a reconocer, como mínimo, un orden, un sentido, algo más alto que el capricho humano. Cada hermano traza desde ahí su propio camino. Esta posición, ni dogmática ni nihilista, me parece de una madurez espiritual admirable.

Mi propia lectura

Permítaseme una confidencia. Tras décadas de meditación, el Gran Arquitecto se ha vuelto para mí, sobre todo, una llamada a la humildad y al asombro. Cuando contemplo el orden del mundo, la precisión de las leyes físicas, la belleza de una demostración geométrica, el milagro de la vida, siento que no soy yo el autor de ese orden, sino su huésped agradecido. Llamarlo Gran Arquitecto es para mí inclinarme ante una inteligencia que me sobrepasa, sin pretender encerrarla en mis pobres conceptos. Otros hermanos lo viven de otro modo, y está bien que así sea.

El peligro de la literalidad

He visto un peligro acechar a algunos: tomar el símbolo al pie de la letra y convertirlo en un pequeño dios doméstico a su medida. El símbolo se degrada cuando se vuelve ídolo. El Gran Arquitecto no es una figura que podamos describir, manejar o poner de nuestra parte. Es un horizonte que orienta, no una pieza que poseemos. Mantenerlo en su dignidad de símbolo, sin congelarlo en dogma ni vaciarlo en mera fórmula, exige una vigilancia espiritual constante.

Construir bajo su mirada

Concluyo con lo esencial. Trabajar bajo el Gran Arquitecto del Universo significa reconocer que nuestra obra, la del Templo y la de nuestra vida, se inscribe en un orden mayor que nosotros. No construimos para nuestra gloria, sino conforme a un plano que nos trasciende. Esta conciencia me ha guardado de la soberbia y me ha dado serenidad. Sé que mi piedra es pequeña, pero forma parte de un edificio inmenso cuyo plano no acabo de ver. Bajo la mirada del Gran Arquitecto, símbolo que cada hermano honra a su manera, hombres de toda creencia podemos darnos la mano y trabajar juntos en la única obra que importa: hacernos mejores y hacer el mundo más justo.