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El drama de Hiram Abiff: muerte y resurrección simbólica

Anónimo · 28 de noviembre de 2019

El momento en que todo cambia

He estado en el grado de Maestro durante muchos años y he acompañado la iniciación de muchos hermanos en el tercer grado. Invariablemente, hay un momento en que el rostro del candidato cambia. No es cuando recibe la luz, como en el primer grado. No es cuando escucha las enseñanzas del segundo. Es cuando comprende, en el cuerpo y no solo en el intelecto, lo que el drama de Hiram le está pidiendo que haga: morir simbólicamente.

No estoy usando el lenguaje de forma dramática. El tercer grado de la masonería es una iniciación a la muerte. Y eso es, precisamente, lo que lo hace el más profundo de los tres grados.

Hiram como espejo

Hiram Abiff, el Gran Arquitecto del Templo, muere a manos de tres compañeros que le exigen la palabra de Maestro antes de que llegue el momento prescrito para recibirla. Hiram se niega. Los tres golpes caen. Y el hombre más sabio del templo, el portador de la palabra, el maestro que conoce el secreto, muere sin haber cedido.

La primera enseñanza del drama está aquí: hay cosas que valen más que la vida. La integridad, la fidelidad al compromiso, la custodia de lo que se nos ha confiado. Hiram podría haber cedido y vivido. Elige no ceder y muere. En esa elección reside su grandeza, no en su talento arquitectónico.

Pero hay una enseñanza más profunda. Hiram no es solo un personaje histórico o mítico. Es un espejo. Cada masón que recibe el tercer grado es, en el ritual, Hiram. No lo representa desde fuera, como actor que interpreta un papel; lo encarna, lo atraviesa. La muerte que sufre Hiram es la muerte que el candidato debe asumir como propia.

La muerte que transforma

¿Qué muere en el tercer grado? No el cuerpo, obviamente. Muere algo más difícil de nombrar: la ilusión de que la identidad del yo es permanente, inalterable y no necesita transformación. El ego que ha construido la vida anterior al grado de Maestro debe enfrentar su propia transitoriedad.

Las tradiciones iniciáticas del mundo entero han reconocido que el ser humano necesita enfrentar la muerte simbólicamente para poder vivir con plenitud. El chamán que pasa por la muerte y el renacimiento en su iniciación. El catecúmeno cristiano que muere al hombre viejo en el bautismo. El sufí que aniquila el ego en el fana. En todos los casos, la estructura es la misma: hay que morir para nacer de nuevo con mayor profundidad.

La masonería, en el tercer grado, opera la misma transformación con sus propios símbolos y su propio ritual. El candidato que entra es el mismo que sale, biológicamente. Pero algo ha ocurrido en ese tránsito que, cuando es real y no meramente formal, cambia la perspectiva sobre la propia vida de manera permanente.

La palabra perdida y la que se encuentra

La muerte de Hiram lleva a la pérdida de la palabra de Maestro. Nadie más la conoce: Hiram se la llevó a la tumba. Los buscadores que parten a encontrarla regresan sin haberla hallado y con solo una palabra sustituta.

Esta palabra perdida es uno de los símbolos más ricos y más perturbadores de la tradición masónica. Hay una pérdida real en el drama de Hiram: algo auténtico que no puede recuperarse, al menos no con los medios habituales. La palabra perfecta no estará disponible en esta vida. La sustituta, la aproximación, el camino hacia la palabra sin poseerla completamente, es lo que el masón tiene.

Hay en esto una enseñanza de realismo espiritual que encuentro más honesta que muchas promesas religiosas: no llegarás a la perfección. No poseerás la palabra plena. Pero puedes caminar hacia ella con integridad, y ese camino tiene su propia dignidad.

Lo que queda después

Los Maestros Masones que más admiro comparten una característica: llevan el tercer grado en el cuerpo. No lo han convertido en un adorno de curriculum iniciático. Lo han procesado, lo han integrado, lo han dejado trabajar en ellos durante años.

La pregunta que el grado de Maestro plantea no se responde en una noche. Se va respondiendo a lo largo de toda la vida: ¿cómo vivo sabiendo que voy a morir? ¿Qué vale realmente la pena custodiar, como Hiram custodió la palabra, hasta el final?