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La escalera de caracol: el ascenso iniciático del Compañero

Anónimo · 12 de mayo de 2020

Una escalera que no se ve completa

La escalera de caracol tiene una propiedad que la distingue de todas las demás: nunca puedes ver adónde lleva desde donde estás. El siguiente peldaño es visible. Diez peldaños por encima, ya no. La curva de la escalera oculta el destino.

He pensado mucho en por qué la tradición eligió precisamente esta forma para representar el ascenso iniciático del segundo grado. Podría haber elegido una escalera recta, que permite ver el final desde el principio. O una rampa gradual, sin el esfuerzo del escalón. La elección de la espiral es deliberada y significativa.

El conocimiento que no se ve todo de una vez

Quien estudia seriamente cualquier disciplina sabe que el aprendizaje no es lineal. No avanzas un metro hacia la meta y luego otro metro en la misma dirección. Avanzas, vuelves, rodeas, subes desde un ángulo inesperado, y de pronto descubres que la perspectiva que tienes desde donde estás ahora hace visibles cosas que desde el punto de partida eran completamente invisibles.

La escalera de caracol reproduce esta experiencia con exactitud. El Compañero que sube no ve el destino: confía en que hay un destino. Lo que le permite seguir subiendo no es la evidencia de la llegada sino la solidez de cada peldaño bajo sus pies.

Esta es una enseñanza de primer orden sobre la naturaleza de la fe intelectual. No la fe religiosa, necesariamente, sino la confianza metodológica en que el esfuerzo sostenido de aprender produce eventualmente una comprensión que no podía preverse desde el principio.

Los peldaños y su número

La tradición habla de tres, cinco, siete peldaños, o variaciones de este esquema, que corresponden a distintos niveles de conocimiento. No me detendré en el debate sobre cuántos son exactamente: me importa más el principio que el número.

El principio es que el ascenso es gradual y que cada peldaño tiene su lección específica. No se puede saltar del primero al quinto sin haber transitado los intermedios. La impaciencia del que quiere llegar sin haber subido todos los escalones produce inevitablemente una comprensión superficial: sabe el nombre de las cosas pero no su peso.

He conocido hermanos, fuera y dentro de la masonería, que acumulan lecturas, grados y títulos con una velocidad que impresiona. Y he observado que esa acumulación rápida raramente produce la profundidad que cada peldaño debería dejar en quien lo sube con atención. La escalera de caracol es lenta por naturaleza. Eso no es un defecto del diseño.

El piso medio como destino provisional

La escalera del segundo grado conduce al piso medio del templo. No a la cúpula, no al punto más alto. Al piso medio. Esto, también, es deliberado.

El Compañero que llega al final de su grado no ha llegado a la cima del conocimiento. Ha llegado a un punto intermedio desde el que la vista es más amplia que desde el inicio, pero desde el que todavía hay mucho más por subir. El templo de Salomón, y el templo interior que representa, tiene más pisos.

Hay algo profundamente honesto en esta imagen. La masonería no promete la omnisciencia. Promete el camino. Y el camino del segundo grado termina en un punto desde el que se ve más lejos, pero que sigue siendo un punto en la mitad de la subida.

El Compañero sabio es el que llega al piso medio y, en lugar de instalarse convencido de que ya ha llegado lejos, mira hacia arriba y comprende que la escalera continúa.

Plancha de grado de Compañero, presentada en tenida regular