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La regla de 24 pulgadas: tiempo, trabajo y equilibrio del alma

Anónimo · 5 de septiembre de 2020

Una herramienta que mide más que longitudes

Entre las herramientas de trabajo que recibe el Aprendiz, la regla de 24 pulgadas ocupa un lugar peculiar. No sirve para cortar ni para dar forma. Sirve para medir. Y lo que mide, según la enseñanza tradicional, no es solo la piedra sino el tiempo mismo.

La división en tercios, ocho horas para el trabajo, ocho para el descanso y el sueño, ocho para el servicio a Dios y a los semejantes, es tan antigua que corre el riesgo de parecer una fórmula desgastada por la repetición. Propongo recuperarla, no como arqueología ritual, sino como pregunta viva dirigida a nuestra vida concreta.

El tiempo como material de construcción

El masón especulativo, a diferencia del operativo, no trabaja la piedra física. Trabaja sobre sí mismo. Pero los materiales del trabajo interior no son abstractos: son las horas reales de cada día, las elecciones concretas sobre cómo se gasta la energía disponible.

En este sentido, la regla de 24 pulgadas es la herramienta más directamente aplicable a la vida cotidiana de todas las que recibe el Aprendiz. La plomada nos habla de rectitud moral, el nivel de igualdad, el cincel de la labor paciente. Pero la regla nos habla de gestión: de cómo se distribuye aquello de lo que cada ser humano dispone en idéntica cantidad, independientemente de su riqueza, su talento o su posición.

Veinticuatro horas. Para el rey y para el mendigo, para el sabio y para el ignorante.

El primer tercio: el trabajo

Las ocho horas de trabajo son las más fáciles de entender y las más fáciles de pervertir. Nuestra cultura ha construido alrededor del trabajo una mitología que lo convierte simultáneamente en virtud suprema y en trampa. El trabajador infatigable es admirado; el hombre que descansa, sospechoso.

La tradición masónica no glorifica el trabajo por sí mismo. Lo sitúa en su lugar, que es importante pero limitado: un tercio de la vida disponible. El trabajo es el medio a través del cual el masón contribuye al mundo y desarrolla sus capacidades. Pero no es el fin. El que convierte el trabajo en el centro absoluto de su existencia, el workaholism moderno, ha violado el equilibrio que la regla prescribe, aunque sus libros de contabilidad presenten cifras brillantes.

El segundo tercio: el descanso

Las ocho horas de descanso incluyen el sueño, pero no se agotan en él. El descanso masónico es restauración, pero también es recreación en el sentido literal: un tiempo para recrearse, para ser de nuevo uno mismo más allá del rol productivo.

He observado en mí mismo, y en hermanos de más grado, que el descanso es el tercio más difícil de respetar para las personas de carácter activo. Hay una culpa sutil en la inactividad, un impulso de llenar cada momento con tareas. La regla de 24 pulgadas nos dice que ese impulso, aunque aparentemente virtuoso, viola el equilibrio que la herramienta prescribe.

El hombre que no descansa bien no trabaja bien. El masón que nunca para no se conoce a sí mismo, porque el conocimiento propio requiere momentos de quietud en los que uno pueda observarse desde cierta distancia.

El tercer tercio: el servicio

El tercio más exigente, porque es el que más fácilmente se roba. Las ocho horas destinadas al servicio a Dios y a los semejantes son, en nuestra época, las primeras en sacrificarse cuando el trabajo se expande o cuando el descanso se fragmenta.

Y sin embargo son las que dan sentido a los otros dos tercios. El trabajo para qué, si no hay nadie a quien sirva. El descanso para qué, si no hay nada más allá de la propia restauración.

El servicio masónico no es solo la beneficencia formal. Es la presencia real en la vida de los que nos rodean: la familia, los amigos, los hermanos, los más débiles. Es el tiempo dado sin esperar rendimiento medible.

La regla nos recuerda que ese tiempo es tan legítimo como el tiempo productivo. No es lo que sobra después de trabajar. Es lo que la vida exige como condición de su plenitud.