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La tolerancia como fundamento de la fraternidad masónica

Anónimo · 14 de septiembre de 2023

Lo que la tolerancia no es

Conviene empezar por la negación, porque la palabra «tolerancia» ha sido vaciada de contenido por el uso indiscriminado. Se la confunde con la indiferencia, «a mí me da igual lo que tú creas», y con el relativismo, «todas las opiniones son igualmente válidas». Ninguna de las dos confusiones produce fraternidad real.

La indiferencia no es tolerancia porque no requiere ningún esfuerzo. Tolerar implica un contacto real con la diferencia del otro, un rozamiento genuino entre perspectivas distintas, y la elección consciente de no resolver ese rozamiento aplastando una de las dos perspectivas. La indiferencia evita el contacto. La tolerancia lo acepta.

El relativismo tampoco es tolerancia. Afirmar que todas las opiniones son igualmente válidas es, paradójicamente, un modo de no tomarlas en serio. El tolerante no cree que la opinión del otro sea tan válida como la propia: cree que el otro tiene derecho a mantenerla aunque sea equivocada. Esa distinción es crucial.

La constitución de Anderson como origen

Las Constituciones de Anderson de 1723 contienen una formulación que suele citarse como el primer texto tolerante de la modernidad en materia religiosa: el masón debe ser «hombre bueno y verdadero» pero no se le exige pertenencia a ninguna confesión particular. «La religión en que todos los hombres están de acuerdo», dice el texto, sustituyendo la definición dogmática por el mínimo moral compartido.

Esta decisión fue revolucionaria en su momento histórico. En 1723, las guerras de religión habían devastado Europa durante siglo y medio. La propuesta de Anderson era que había un espacio, la logia, donde católicos y protestantes, deístas y anglicanos, podían trabajar juntos en la obra común sin que su diferencia teológica les impidiera reconocerse como hermanos.

La masonería no inventó la tolerancia como concepto filosófico, Locke ya la había formulado décadas antes, pero fue de las primeras instituciones en practicarla institucionalmente. No como excepción sino como principio fundacional.

La tolerancia en la logia concreta

Pasar de la tolerancia como principio abstracto a la tolerancia como práctica concreta es el trabajo real. Y ese trabajo ocurre, inevitablemente, en los roces cotidianos de la vida en logia.

Los hermanos no eligen a sus hermanos. A diferencia de las amistades elegidas libremente, la fraternidad masónica incluye a hombres con los que, en el mundo profano, quizás nunca habrías buscado relacionarte. Hombres con visiones políticas opuestas a las tuyas. Hombres con estilos de vida que no comprendes o no compartes. Hombres con formas de expresarse que te irritan.

Tratarlos como hermanos no significa simularles una simpatía que no existe. Significa reconocerles la misma dignidad que te reconoces a ti mismo, escuchar sus opiniones antes de juzgarlas, y no excluirlos del espacio fraternal por el hecho de que sean distintos.

Este es el ejercicio más duro de la tolerancia masónica. Y es el que más directamente trabaja sobre los propios prejuicios, porque los prejuicios no se revelan en el trato con quienes son como uno: se revelan en el trato con quienes son distintos.

Los límites de la tolerancia

La tolerancia masónica tiene límites, y hay que nombrarlos para evitar confusiones. No tolera la violación de los principios éticos fundamentales. No tolera la deshonestidad, la injusticia, el abuso. Cuando un hermano actúa de modo que viola los principios sobre los que descansa la logia, la institución tiene mecanismos para separarse de él.

Pero esos límites son morales, no doctrinales ni estéticos. No se expulsa a nadie de la logia por sus creencias religiosas, sus opciones políticas o sus gustos personales. Solo por su conducta. Esta distinción, entre la tolerancia de las diferencias y la firmeza ante las violaciones morales, es lo que hace de la tolerancia masónica algo más que una mera política de no interferencia.