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Las artes liberales en la formación del masón

Anónimo · 3 de noviembre de 2022

El grado que pide saber

Si el primer grado enseña a callar y a escuchar, el segundo grado pide que el Compañero abra los ojos y empiece a aprender. La escalera de caracol que domina la simbología del grado es una metáfora del ascenso intelectual, y los peldaños de esa escalera son las siete artes liberales: gramática, retórica, lógica, aritmética, geometría, música y astronomía.

No conozco a ningún masón que haya llegado al grado de Compañero sin preguntarse si esa lista no será una antigualla medieval sin aplicación práctica en el siglo XXI. La pregunta es legítima y merece una respuesta seria, no el silencio reverente que a veces se impone sobre las cuestiones incómodas.

El trivium: las artes de la palabra

Gramática, retórica, lógica. Las tres artes que la tradición medieval agrupaba como trivium, el camino triple hacia el dominio del lenguaje, no han perdido un ápice de su relevancia.

La gramática enseña a comprender la estructura del lenguaje. No me refiero solo al dominio de las normas ortográficas, sino a algo más profundo: la capacidad de percibir cómo el lenguaje construye la realidad que describe. Quien domina la gramática entiende que las palabras no son etiquetas neutras pegadas sobre las cosas, sino que moldean la percepción de quien las usa.

La retórica enseña a comunicar con eficacia. No en el sentido de la manipulación sofística, que pervierte el arte, sino en el de la expresión clara, ordenada y persuasiva de aquello que uno conoce y cree. El masón que ha trabajado la retórica es capaz de presentar una plancha con estructura, con fuerza, con consideración hacia el auditorio.

La lógica enseña a razonar sin errores. A distinguir el argumento válido del falaz. A identificar las contradicciones en los propios pensamientos antes de que se conviertan en contradicciones en la conducta.

El quadrivium: las artes del número

Aritmética, geometría, música, astronomía. Si el trivium trabaja sobre las palabras, el quadrivium trabaja sobre los números y las relaciones.

La aritmética es la ciencia de la cantidad. La geometría, de la forma y el espacio. La música, de la proporción en el tiempo. La astronomía, de las relaciones entre cuerpos en el cosmos.

La masonería tiene con la geometría una relación particularmente estrecha. No es casual: la geometría es, literalmente, la medición de la tierra. El arte de imponer proporciones exactas a la materia, de extraer la forma perfecta del caos de lo informe, es la metáfora mayor del trabajo masónico sobre el ser humano.

Pero quisiera llamar la atención sobre la música, que quizás es la menos obvia de las cuatro artes del quadrivium. La música es la única de las siete artes liberales que es, a la vez, matemática y sensible: obedece a proporciones exactas y produce efectos inmediatos en el alma. El masón que reflexiona sobre la música entiende algo que la tradición gnóstica ha sabido siempre: que el universo tiene una estructura que puede ser percibida tanto con el intelecto como con los sentidos.

La formación integral como ideal

Lo que las siete artes liberales proponen, en conjunto, es un ideal de formación integral. No la especialización en un área, sino el cultivo equilibrado de todas las facultades humanas: la capacidad de expresarse, de razonar, de medir, de percibir la armonía.

Este ideal es, simultáneamente, muy antiguo y radicalmente contemporáneo. En una época que fabrica especialistas estrechos y consume información fragmentada, la propuesta del trivium y el quadrivium suena casi subversiva: tomarse el tiempo de aprender a pensar, a hablar, a razonar, a percibir las proporciones del mundo.

El Compañero que trabaja seriamente sobre las artes liberales no termina sabiendo todo sobre cada disciplina. Termina siendo una persona más completa: capaz de percibir conexiones entre áreas distintas del conocimiento, de comunicar lo que piensa con claridad, de detectar los propios errores de razonamiento antes de que lo engañen.