Libertad, igualdad, fraternidad: las raíces masónicas de un ideal
El 14 de julio y lo que vino antes
Esta plancha la presento un 14 de julio, aniversario de la toma de la Bastilla. No es una fecha que la masonería reivindique como suya, la prudencia política de la institución la ha llevado siempre a mantener distancias con los movimientos políticos concretos, pero es una fecha que invita a reflexionar sobre la relación entre la Orden y los ideales que la Revolución Francesa hizo bandera.
Liberté, Égalité, Fraternité. Tres palabras. Tres conceptos que llevan dos siglos siendo los valores fundacionales de la mayoría de las democracias occidentales. Y tres conceptos cuya genealogía pasa, en buena medida, por las logias masónicas del siglo XVIII.
Cómo se forjan los valores en las logias
La tesis que quiero desarrollar no es que la masonería causó la Revolución Francesa, la historiografía seria rechaza esa simplificación, sino que las logias fueron uno de los espacios donde los valores que desembocaron en la Revolución se forjaron mediante la práctica, no solo mediante la teoría.
Un noble y un comerciante burgués que se encontraban en la calle, en el siglo XVIII, tenían una relación jerárquica dictada por el orden social. El mismo noble y el mismo comerciante, dentro de una logia, se trataban de «hermano» a «hermano» y se regían por los mismos estatutos. Esto no era solo un juego de palabras: era una práctica real de igualdad en un contexto social profundamente desigual.
Voltaire, Montesquieu, Franklin, Lafayette, hombres que contribuyeron decisivamente a elaborar el ideario ilustrado y revolucionario, frecuentaron logias masónicas. No porque la logia les enseñara la libertad en el sentido de una clase magistral, sino porque la logia les proporcionó un espacio donde practicarla antes de que la teoría política se tradujera en instituciones.
La libertad masónica
La libertad que la masonería practica no es la libertad política en sentido estricto: la Orden históricamente ha evitado la militancia partidista. Es la libertad de conciencia: el derecho de cada hombre a llegar a sus propias conclusiones sobre las grandes preguntas de la existencia sin que ninguna autoridad, religiosa o civil, se las prescriba.
En el siglo XVIII, esa libertad de conciencia era revolucionaria. Las iglesias europeas prescribían las creencias correctas y perseguían las incorrectas. Los estados absolutistas no reconocían el espacio privado de la conciencia individual. La logia era uno de los pocos espacios donde un hombre podía pensar en voz alta sobre religión, filosofía y política sin temor a la Inquisición o a la censura real.
La fraternidad como práctica, no como retórica
De los tres términos de la tríada, la fraternidad es quizás el más específicamente masónico. La igualdad puede prescribirse jurídicamente. La libertad puede garantizarse constitucionalmente. La fraternidad no puede legislarse: solo puede practicarse.
Y la logia es, en esencia, un espacio de práctica de la fraternidad. No la fraternidad retórica de los discursos políticos, sino la fraternidad concreta que supone ayudar al hermano que lo necesita, escuchar al hermano con el que se está en desacuerdo, tratar como igual al hermano de condición social distinta.
Dos siglos y medio después de las Constituciones de Anderson, ese ejercicio continúa siendo necesario y difícil. Las sociedades democráticas han codificado la igualdad y la libertad mejor de lo que jamás se había hecho antes en la historia. La fraternidad, el vínculo real entre personas que se reconocen mutuamente como iguales, sigue siendo el más escaso y el más necesario de los tres valores.