La logia como microcosmos de la sociedad ideal
Un mundo en pequeño
Cada vez que se cierran las puertas del Templo y comienzan los trabajos, ocurre algo que el mundo exterior rara vez logra: hombres muy diversos se ordenan en torno a un fin común, se tratan como iguales, se escuchan, deciden juntos y trabajan en armonía. La logia es, en este sentido, un mundo en pequeño, un microcosmos. Y no un microcosmos cualquiera, sino un modelo de la sociedad que la Masonería querría para la humanidad entera. He llegado a ver en cada tenida un ensayo de la ciudad ideal.
El orden sin tiranía
Lo primero que admiro en la logia es su orden. Cada hermano ocupa su lugar, cada oficial cumple su función, los trabajos siguen un ritmo pautado. Pero es un orden que no nace de la imposición ni del miedo, sino del consentimiento libre y del respeto compartido. Nadie obedece por temor; todos colaboran por convicción. He aquí el secreto que las sociedades buscan en vano: un orden que sea a la vez firme y libre, estructurado y no opresivo. La logia demuestra que es posible. El que preside no es un tirano, sino un servidor de la armonía común.
La igualdad practicada
Ya he hablado del nivel y de la igualdad masónica, pero quiero subrayar aquí que en la logia la igualdad no es teoría, sino práctica diaria. El hombre poderoso y el humilde se sientan como hermanos, toman la palabra con el mismo derecho, valen lo mismo en la decisión común. Esta igualdad vivida es lo que la sociedad ideal persigue y casi nunca alcanza. En la logia funciona porque la sostienen el rito, la costumbre y el afecto fraterno. Es un laboratorio donde se demuestra que la igualdad entre los hombres no es una quimera, sino una realidad cuando se quiere construirla.
La palabra ordenada
Me maravilla cómo se habla en la logia. Nadie interrumpe; cada uno pide la palabra y espera su turno; se escucha al que discrepa; se busca el acuerdo sin aplastar al minoritario. Comparado con el griterío del mundo profano, donde todos vociferan y nadie escucha, el debate en logia parece de otro planeta. Y sin embargo no es magia: es disciplina aprendida. La logia enseña a deliberar de manera civilizada, que es uno de los artes políticos más difíciles y más necesarios. Si las asambleas del mundo deliberaran como una logia, otra sería la suerte de los pueblos.
El bien común por encima del interés
En la logia, las decisiones se orientan al bien del conjunto, no al provecho de unos pocos. El que propusiera algo en su solo beneficio sería mal mirado. Esta primacía del bien común sobre el interés particular es, de nuevo, lo que toda sociedad justa persigue. En el mundo profano, el interés egoísta corrompe la vida pública; en la logia, el rito y la fraternidad lo mantienen a raya. No porque los masones seamos mejores que los demás, sino porque el marco mismo de la logia nos orienta hacia lo común. Las buenas instituciones hacen mejores a los hombres.
Un modelo, no una huida
Cuidado con un malentendido. La logia no es un refugio para huir del mundo y gozar entre cuatro paredes de una fraternidad que negamos fuera. Sería una traición. La logia es un modelo, un ensayo, una escuela. Lo que aquí aprendemos, el orden libre, la igualdad, la deliberación, el bien común, estamos llamados a llevarlo al mundo profano, a sembrarlo en la familia, en el trabajo, en la ciudad. El masón que vive como hermano en la logia y como lobo en la calle ha entendido todo al revés. El microcosmos existe para transformar el macrocosmos.
La esperanza que sostiene
Concluyo con lo que la logia me da, además de todo lo dicho: esperanza. En tiempos de cinismo, cuando tantos repiten que la fraternidad es imposible, que los hombres no pueden convivir en igualdad, que el egoísmo es la única ley, yo entro al Templo y veo, con mis propios ojos, lo contrario. Veo a hombres diversos ordenarse en libertad, tratarse como iguales, deliberar con respeto y trabajar por el bien común. La logia me demuestra, cada tenida, que la sociedad ideal no es una utopía vacía: es algo que ya existe, en pequeño, entre nosotros. Y si existe en pequeño, puede crecer. Esa es la esperanza que me sostiene y que, como masón, tengo el deber de llevar al mundo. La logia es la prueba viva de que un mundo mejor es posible, porque ya lo construimos cada vez que abrimos los trabajos.