La masonería y el humanismo ilustrado del siglo XVIII
Hijos de un siglo de luz
La Masonería especulativa nació en el alba del siglo XVIII, y no por casualidad. Es hija del Siglo de las Luces, de esa extraordinaria efervescencia en que la humanidad europea decidió fiarse de la razón para salir de la minoría de edad. Comprender este parentesco es comprender buena parte de lo que somos. Cuando entro al Templo y veo presidir la luz, la geometría y el libro abierto, reconozco el aliento ilustrado que nos dio forma. Quiero, en esta plancha, hacer memoria de esa herencia.
La confianza en la razón
El siglo XVIII creyó, con una fe conmovedora, en el poder de la razón para iluminar la existencia humana. No la razón fría que algunos caricaturizan, sino la razón como luz que disipa las tinieblas de la superstición, del prejuicio y del fanatismo. La Masonería hizo suya esa confianza. Por eso veneramos la geometría, cultivamos las artes liberales, exigimos al masón que no deje de instruirse. La ignorancia, para el espíritu ilustrado y para nosotros, no es una desgracia inevitable, sino un estado del que el hombre puede y debe liberarse mediante el estudio.
El hombre como obra perfectible
El humanismo ilustrado introdujo una idea revolucionaria: el hombre es perfectible. No condenado a su condición, sino capaz de mejorar mediante la educación y el esfuerzo. Esta convicción late en el corazón de la Masonería. La piedra bruta que se pule, la escalera que se asciende, el templo que se construye: todos nuestros símbolos suponen que el hombre puede llegar a ser mejor de lo que es. Frente a las doctrinas que veían en el hombre una naturaleza fija o irremediablemente caída, nosotros heredamos el optimismo activo de la Ilustración: el hombre se hace a sí mismo.
Tolerancia y libertad de conciencia
De aquel siglo recibimos también el ideal de tolerancia y la defensa de la libertad de conciencia. En una Europa desgarrada aún por las guerras de religión, los ilustrados proclamaron que la conciencia es inviolable y que hombres de credos distintos pueden convivir en paz. La Masonería convirtió ese principio en práctica: reunió en el Templo a católicos, protestantes, librepensadores, gentes de toda fe, bajo el símbolo amplio del Gran Arquitecto. Fuimos, en cierto modo, un ensayo vivo del ideal ilustrado de convivencia.
El progreso como tarea moral
El siglo XVIII soñó con el progreso, no solo material sino moral. Creyó que la humanidad podía avanzar hacia mayor justicia, mayor libertad, mayor felicidad. Hoy ese optimismo nos parece a veces ingenuo, pues hemos visto los horrores de los siglos siguientes. Pero la Masonería conserva, depurado por la experiencia, el núcleo de aquella esperanza: la convicción de que vale la pena trabajar por mejorar el mundo, de que el progreso no es automático pero sí posible si lo construimos. No el progreso como fatalidad, sino como tarea moral que nos incumbe.
Las sombras y las correcciones
Sería deshonesto idealizar la Ilustración. Tuvo sus sombras: una confianza a veces excesiva en la razón, un desdén por las dimensiones del hombre que escapan al cálculo. La Masonería, con su lenguaje de símbolos y ritos, corrige sabiamente ese exceso. Nosotros sabemos que el hombre no es solo razón: necesita el símbolo, el misterio, la experiencia que ninguna lógica agota. Heredamos las luces del XVIII, pero las acompañamos de la penumbra fecunda del rito. En ello está, quizá, nuestra peculiar madurez: ilustrados sin ser racionalistas secos.
Guardianes de una llama
Concluyo con un sentimiento de responsabilidad. En tiempos en que la sinrazón, el fanatismo y el desprecio del saber vuelven a avanzar, la Masonería custodia la llama ilustrada que nos engendró. Defender la razón contra la superstición, la educación contra la ignorancia, la tolerancia contra el fanatismo, la perfectibilidad del hombre contra el cinismo que lo da por perdido: tal es nuestra herencia y nuestro deber. No por nostalgia de un siglo pasado, sino porque aquellos ideales siguen siendo verdaderos y siguen estando amenazados. Somos los herederos de la Ilustración, y mientras quede un masón trabajando en su Templo, esa luz no se habrá apagado del todo.