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El nivel y la plomada como herramientas morales

Anónimo · 12 de julio de 2020

Instrumentos de albañil, lecciones de hombre

El nivel y la plomada cuelgan, en muchas logias, de las manos de los Vigilantes. Son herramientas de cantero: el nivel comprueba que una superficie esté horizontal; la plomada, que una línea sea perfectamente vertical. Sencillos artefactos de obra. Y sin embargo, la Masonería los ha elevado a la categoría de maestros morales. Llevo años meditando sobre ellos y no dejan de enseñarme.

El nivel: todos hijos de la misma medida

El nivel proclama la igualdad. Cuando entro al Templo, dejo en la puerta mi posición social, mi fortuna o mi pobreza, mi título o mi falta de él. Dentro, el banquero y el obrero, el catedrático y el artesano se sientan como hermanos. El nivel no entiende de jerarquías mundanas: o la superficie está plana, o no lo está. Esta igualdad no es una ficción amable; es el fundamento mismo de la fraternidad. Donde unos se creen superiores a otros por razones externas, no hay logia, hay club.

Igualdad no es uniformidad

Conviene precisar, porque el nivel se malinterpreta. Igualar no significa borrar las diferencias de talento, de carácter o de vocación. Significa reconocer que, bajo esas diferencias, late una misma dignidad. El nivel iguala el suelo, no las personas que caminan sobre él, que siguen siendo cada una única. La verdadera igualdad masónica respeta la singularidad de cada hermano mientras niega que esa singularidad justifique el desprecio. Somos distintos y, sin embargo, iguales en lo esencial.

La plomada: la verdad de uno mismo

Si el nivel mira a los otros, la plomada me mira a mí. Señala lo vertical, lo recto, lo que no se inclina. Me pregunto, ante ella: ¿soy una línea recta o estoy torcido? ¿Mis actos siguen el plomo de mi conciencia o se desvían por interés, por miedo, por comodidad? La plomada es implacable: no admite el “casi recto”. Una pared apenas inclinada acaba por caer. Un carácter apenas torcido acaba por corromperse. La rectitud no tolera medias tintas.

Colgar siempre del mismo hilo

Lo admirable de la plomada es que obedece a una ley superior a ella misma: la gravedad. No decide su dirección; la recibe. Así debería ser nuestra rectitud: no un capricho personal sobre lo que está bien, sino la obediencia a una ley moral que nos trasciende. El hombre recto no inventa su norma cada mañana según le conviene; cuelga del mismo hilo invisible, y por eso es previsible, fiable, digno de confianza. He aprendido a desconfiar de quien cambia de plomo según sopla el viento.

Las dos herramientas trabajan juntas

Nivel y plomada no se entienden por separado. La rectitud sin igualdad produce al fanático justo que desprecia a los demás. La igualdad sin rectitud produce al cómplice blando que todo lo disculpa. El Compañero debe sostener ambas: ser recto consigo mismo y fraterno con los otros. Vertical ante su conciencia, horizontal ante sus hermanos. En el cruce de esas dos líneas, la del nivel y la de la plomada, se dibuja, no por azar, la escuadra, símbolo de la conducta justa.

La obra que somos

Concluyo con lo que estas herramientas me han enseñado sobre el sentido de nuestro trabajo. No venimos a la logia a construir un edificio de piedra, sino a construirnos a nosotros mismos. Y un hombre, como una pared, debe estar a nivel y a plomo: en paz fraterna con los demás y en rectitud firme consigo mismo. Cada tenida tomo mentalmente el nivel y me pregunto si he tratado a mis hermanos como iguales. Tomo la plomada y me pregunto si he obrado con rectitud. Rara vez la respuesta es plenamente satisfactoria, y por eso sigo trabajando. Estas dos humildes herramientas de cantero son, en verdad, las más exigentes guardianas de mi conciencia.