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El oriente masónico: donde nace la luz del conocimiento

Anónimo · 28 de octubre de 2025

Hacia dónde se mira en el Templo

Cuando entré por primera vez en la logia, una de las cosas que más me intrigó fue la disposición del espacio. Todo en el Templo está orientado: hay un Oriente y un Occidente, un Mediodía y un Septentrión. Y el Oriente ocupa un lugar privilegiado: hacia él se mira, de él procede la luz, allí se sienta quien preside los trabajos. Como Aprendiz que apenas empieza a leer los símbolos, he querido detenerme en el Oriente, pues sospecho que en su sentido se esconde buena parte de la orientación de toda nuestra Orden.

Donde nace el sol

El Oriente es, literalmente, el lugar por donde sale el sol. Es el punto del horizonte de donde nace cada día la luz que disipa las tinieblas. Esta realidad física se ha cargado, en todas las culturas, de un sentido espiritual: el Oriente es el origen de la luz, y la luz es símbolo del conocimiento, de la verdad, de lo divino. Orientarse, palabra que viene precisamente de Oriente, es saber dónde está el origen de la luz para dirigirse hacia él. En el Templo, mirar al Oriente es mirar hacia la fuente de donde procede el saber que buscamos. No es un punto cardinal cualquiera: es la dirección del conocimiento.

La luz que se recibe, no se inventa

Hay una enseñanza honda en que la luz venga del Oriente y no de nosotros mismos. El conocimiento, la verdad, la sabiduría no son cosas que el iniciado fabrique, sino que recibe. Vienen de un origen que lo precede y lo supera. El Aprendiz, sentado en el Septentrión, en la zona de menor luz, aprende a volverse hacia el Oriente para recibir lo que aún no posee. Esta actitud de receptividad humilde, reconocer que la luz viene de fuera y orientarse hacia ella, me parece la disposición fundamental del que comienza. El que cree generar su propia luz se ciega; el que se orienta hacia el Oriente, la recibe.

El que preside en Oriente

En el Oriente se sienta quien dirige los trabajos de la logia. No por vanidad de poder, sino porque simbólicamente representa la fuente de la luz para los hermanos. Quien preside no es un amo, sino un dispensador de claridad, alguien cuya función es que la luz del conocimiento llegue a todos. He comprendido que ocupar el Oriente es, ante todo, una responsabilidad: la de transmitir luz, no la de imponer dominio. El que se sienta allí debe ser el más servidor de todos, pues de él se espera que ilumine. Esta lectura del poder como servicio luminoso, y no como mando, dice mucho del espíritu de nuestra Orden.

El viaje del Septentrión al Oriente

Como Aprendiz, mi lugar está en el Septentrión, la región de las sombras, donde la luz apenas llega. No me apena: comprendo que es el punto de partida. El camino iniciático es, en cierto modo, un viaje del Septentrión hacia el Oriente, de la oscuridad hacia la luz, de la ignorancia hacia el conocimiento. No se llega al Oriente de un salto, sino paso a paso, grado a grado, orientándose siempre hacia esa luz que crece a medida que uno avanza. Saber que mi puesto en la sombra es solo el comienzo, y que toda la disposición del Templo me invita a caminar hacia la luz, me llena de esperanza y de propósito.

Orientar la vida entera

El Oriente del Templo me ha enseñado algo que desborda los muros de la logia. Vivir bien es, en el fondo, saber orientarse: tener claro de dónde viene la luz que da sentido a la existencia y dirigir hacia ella todos los pasos. El hombre desorientado vaga sin rumbo, da vueltas en la sombra, no sabe hacia dónde camina. El iniciado, en cambio, aprende a orientarse: pone su mirada en el Oriente del conocimiento y de la verdad, y desde ahí ordena su vida. He empezado a preguntarme, fuera del Templo, cuál es el Oriente de mi propia existencia, hacia qué luz me dirijo. Y he descubierto que tener una respuesta a esa pregunta lo cambia todo.

La luz que siempre nace

Concluyo con lo que más me consuela del símbolo del Oriente. El sol nace cada mañana; la luz vuelve siempre, por oscura que haya sido la noche. El Oriente es promesa de que la luz no se acaba, de que tras toda tiniebla amanece. En los momentos de duda y de sombra, que ya, aun siendo Aprendiz, he conocido, me oriento hacia el Oriente del Templo y recuerdo que la luz siempre vuelve a nacer. El conocimiento que aún no tengo me espera en esa dirección; basta con no dejar de orientarme hacia él. Por eso, cada vez que entro en la logia y vuelvo el rostro hacia el Oriente, siento que me pongo en la dirección correcta de la vida: hacia la luz que nace, hacia el conocimiento que se ofrece, hacia el origen que, paciente, me aguarda mientras camino.