La palabra perdida y la búsqueda eterna de la verdad
Una pérdida que funda
Hay religiones que prometen la posesión de la verdad y filosofías que aseguran haberla encontrado. La Masonería hace algo más sutil y, a mi juicio, más honesto: coloca en el centro de su grado más alto una palabra perdida. Con la muerte de Hiram se perdió la Palabra del Maestro, y no ha sido recuperada. El Maestro Masón trabaja, por así decirlo, sobre una ausencia. Esta paradoja me ha acompañado durante toda mi vida iniciática y cada año la encuentro más profunda.
El consuelo de las certezas falsas
Es muy humano querer poseer la verdad de una vez por todas. Las certezas tranquilizan, ordenan el mundo, nos dispensan de seguir pensando. Por eso prosperan los dogmas y los fanatismos: ofrecen el descanso del que ya sabe. La Palabra perdida nos niega ese descanso. Nos dice: no la tienes, búscala. Y al hacerlo nos protege del peor de los engaños, que es creer que ya hemos llegado. El que cree poseer la verdad deja de buscarla, y al dejar de buscarla, la traiciona.
La verdad como horizonte
Aprendí, con los años, que hay verdades que se poseen y verdades que se persiguen. Las primeras son las pequeñas, las útiles, las del cálculo y la técnica. La segunda es la grande: el sentido último de las cosas, el rostro del Gran Arquitecto, el porqué de nuestra existencia. Esa verdad funciona como el horizonte: camino hacia él y se aleja, pero sin él no sabría hacia dónde caminar. La Palabra perdida es ese horizonte. No la alcanzaré jamás, y sin embargo orienta toda mi marcha.
La palabra sustituta
Cuando se descubre el cuerpo de Hiram, no se recupera la Palabra verdadera; se adopta una palabra sustituta. Este detalle me parece de una sabiduría inmensa. Vivimos de sustitutos: aproximaciones, símbolos, fórmulas provisionales que nos permiten seguir trabajando mientras la verdad plena se nos escapa. El sabio no desprecia el sustituto por no ser lo absoluto; lo usa con humildad, sabiendo que es andamio y no edificio. Quien exige la Palabra verdadera o nada, se queda con nada.
Buscar entre hermanos
Hay un rasgo que distingue la búsqueda masónica de la del filósofo solitario: la buscamos juntos. La Palabra se perdió y la buscamos en logia, hombro con hombro. Ninguno de nosotros la hallará solo, y quizá tampoco la halle la Orden entera; pero la búsqueda compartida nos hace fraternos. He visto cómo el reconocimiento mutuo de que ninguno posee la verdad disuelve la soberbia y une a los hombres. El que sabe que no sabe no puede mirar por encima del hombro a su hermano que tampoco sabe.
El peligro de los falsos hallazgos
A lo largo de mi vida he conocido a hermanos que creyeron encontrar la Palabra: en una doctrina esotérica, en un sistema cerrado, en un maestro infalible. Casi siempre terminaron mal, encerrados en su hallazgo, incapaces de seguir aprendiendo. La Palabra perdida nos vacuna contra esa tentación. Nos enseña que todo hallazgo es provisional, que toda certeza debe permanecer abierta a la corrección, que la humildad intelectual es la primera virtud del buscador.
Vivir en la búsqueda
¿Qué hacer, entonces, con una verdad que no se alcanza? Vivir en la búsqueda misma, hacer de ella nuestra morada. He comprendido que el sentido no está al final del camino sino en el caminar atento, honesto, fraterno. La Palabra perdida no es una frustración: es el motor que me mantiene despierto, estudioso, dispuesto a corregirme. El día en que creyera haberla encontrado, dejaría de ser masón en el sentido profundo. Por eso, cada tenida, vuelvo a aceptar gozosamente que no la tengo, y vuelvo a ponerme en camino. Buscar la verdad sin poseerla nunca: esa es la grandeza, y también la cruz, del Maestro Masón.