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La regla de 24 pulgadas: gestión del tiempo y del alma

Anónimo · 30 de enero de 2019

Una herramienta que mide más que la piedra

Entre las herramientas que se entregan al Aprendiz, la regla de veinticuatro pulgadas siempre me ha parecido la más sutil. Las demás trabajan la piedra; esta trabaja el tiempo. Sus veinticuatro divisiones corresponden a las horas del día, y la tradición las reparte en tres tercios: uno para el servicio al Gran Arquitecto y al prójimo, otro para el trabajo y nuestros asuntos, y el último para el descanso reparador. Parece una recomendación de buen gobierno doméstico. Con los años he comprendido que es mucho más: es una filosofía entera del vivir.

El tiempo como materia bruta

Solemos creer que la piedra bruta que hemos de pulir es nuestro carácter. Cierto. Pero hay una piedra aún más esquiva: el tiempo que se nos da. Lo derrochamos, lo malgastamos en distracciones, lo dejamos correr entre los dedos como arena. La regla nos enseña que el tiempo es la materia primera de toda obra. No edifica quien tiene buenas intenciones, sino quien dispone sus horas. Por eso medir el día es ya empezar a construir el Templo interior.

Contra la tiranía del trabajo

Vivimos una época que ha roto el equilibrio antiguo. El tercio del trabajo ha invadido los otros dos: se trabaja durmiendo mal y rezando menos, se sacrifica el descanso y se olvida al prójimo en nombre de la productividad. La regla masónica es, en este sentido, casi una rebeldía. Nos recuerda que el hombre no fue hecho solo para producir, sino también para contemplar, para servir y para reposar. El que no descansa no rinde mejor: se agota y se embrutece. El equilibrio no es debilidad, es sabiduría.

El descanso también es trabajo

Durante años desprecié el último tercio. Me parecía tiempo perdido. Hoy sé que el descanso bien entendido no es pereza, sino el silencio entre dos notas que permite la música. El cuerpo se repara, la mente se aclara, el alma se serena. Un Aprendiz que no descansa pule mal, porque la mano cansada golpea torcido. He aprendido a respetar mis horas de reposo como parte sagrada del día, no como concesión a la flaqueza.

El reparto que no es rígido

Conviene aclarar que estos tres tercios no son una camisa de fuerza aritmética. La vida tiene estaciones, y hay jornadas en que un tercio reclama más que los otros: el día de una urgencia, el de una enfermedad, el de una celebración. La regla no exige una partición mecánica e idéntica cada día, sino una proporción justa sostenida en el conjunto de la vida. Lo que importa es que ninguno de los tres tercios sea devorado permanentemente por los demás. He aprendido a juzgar mi equilibrio no por una sola jornada, sino por el balance de las semanas y los meses. Si al cabo de un tiempo descubro que el trabajo se ha tragado el descanso y el servicio, sé que la regla se ha torcido y debo enderezarla. La medida es flexible en el día, pero firme en el largo plazo. Esa elasticidad sabia es lo que distingue una disciplina viva de un reglamento muerto.

El servicio como cumbre del día

El primer tercio, el dedicado al Gran Arquitecto y al prójimo, es el que da sentido a los otros dos. Sin él, el trabajo se vuelve avaricia y el descanso, mero adormecimiento. Dedicar unas horas a lo que nos trasciende, la meditación, el estudio, la ayuda al hermano necesitado, ordena toda la jornada. He notado que los días en que cumplo este tercio trabajo mejor y descanso más hondo. El servicio no resta tiempo: lo consagra.

Medir para ser libre

Alguno podría objetar que tanta medida ahoga la espontaneidad. Yo he hallado lo contrario. La regla no me esclaviza, me libera. Quien no reparte su tiempo es esclavo de la urgencia ajena y del impulso propio. Quien lo reparte sabe a qué decir sí y a qué decir no. La disciplina del tiempo es la base de la libertad interior. Por eso, cada mañana, antes de abrir los ojos del todo, repaso mentalmente mis veinticuatro pulgadas y pregunto: ¿a qué dedicaré hoy cada tercio? Esa pregunta sencilla ha ordenado mi vida más que mil propósitos grandilocuentes. La regla, modesta entre las herramientas, ha sido para mí la maestra del arte difícil de vivir bien el día que se nos regala.