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El ritual masónico entre liturgia y teatro sagrado

Anónimo · 19 de julio de 2023

Una pregunta incómoda

Más de una vez, un hermano joven me ha preguntado, con cierto pudor, si el ritual masónico no es, en el fondo, una especie de teatro. La pregunta es honesta y merece respuesta. Porque hay algo teatral en nuestros trabajos: gestos pautados, palabras prescritas, un espacio escenificado, papeles distribuidos. Y sin embargo, quien haya vivido el ritual de verdad sabe que es mucho más que teatro. Está, diría yo, entre la liturgia y el teatro sagrado. Explicar ese “entre” es el objeto de esta plancha.

El teatro que solo representa

El teatro profano representa una acción: los actores fingen ser otros, el público contempla, y al caer el telón todos vuelven a su vida sin haber cambiado esencialmente. Es contemplación de algo ajeno. Si el ritual masónico fuera solo eso, tendría razón el hermano escéptico: seríamos actores de una obra repetida. Pero hay una diferencia abismal. En el ritual no hay público. Todos los presentes son oficiantes; nadie contempla desde fuera. Y lo que se representa no le ocurre a un personaje: nos ocurre a nosotros.

La liturgia que actúa lo que dice

Aquí entra la liturgia. Lo propio de un acto litúrgico es que no describe, sino que efectúa. Cuando en el ritual se proclama la apertura de los trabajos, los trabajos quedan realmente abiertos; cuando se inicia a un hombre, ese hombre es realmente iniciado. Las palabras no informan: obran. El ritual masónico participa de esta naturaleza performativa de la liturgia. No imita una transformación: la produce. El que atraviesa el rito de tercer grado no actúa una muerte, sino que muere y renace simbólicamente en su propia alma.

El teatro sagrado de los misterios

Entre el teatro profano y la liturgia hay una forma antigua que los reúne: el teatro sagrado, el de los misterios de la Antigüedad. En aquellas representaciones, el iniciado no contemplaba el drama de un dios: lo padecía como propio y se transformaba al hacerlo. La Masonería ha heredado esa tradición. Nuestro ritual es teatro sagrado en este sentido fuerte: una representación que actúa sobre el que la vive, un drama que no se mira sino que se sufre y del que se sale otro. El cuerpo participa, los sentidos se implican, y por eso la transformación es real.

Por qué el cuerpo importa

He comprendido con los años por qué el ritual no se contenta con explicar ideas, sino que las hace gesto, recorrido, sensación. Una verdad meramente pensada se olvida; una verdad vivida en el cuerpo se graba. Cuando recorro los pasos prescritos, cuando mis manos repiten los signos, cuando atravieso físicamente el espacio del Templo, la enseñanza desciende del intelecto a la entraña. El ritual sabe algo que el discurso ignora: que al hombre se le transforma por el cuerpo tanto como por la mente. De ahí su eficacia silenciosa.

El peligro de la mera forma

No oculto el riesgo. Un ritual puede degradarse en pura forma vacía, en repetición mecánica de gestos que ya no significan nada. He asistido a tenidas frías, donde el rito se ejecutaba correctamente y sin embargo no pasaba nada, porque faltaba la presencia interior de los oficiantes. El ritual no obra por magia automática; obra cuando quien lo realiza pone en él su alma. La forma es necesaria pero no suficiente. Sin la intención despierta, el teatro sagrado se queda en teatro a secas, y la liturgia, en ceremonia hueca.

El misterio de la repetición

Concluyo con lo que más me maravilla: la fecundidad de la repetición. He vivido los mismos rituales centenares de veces, y no se han gastado. Al contrario, cada repetición me revela un matiz nuevo, una profundidad que antes se me escapaba. Esto distingue al rito del espectáculo: el espectáculo, repetido, aburre; el rito, repetido, ahonda. Porque no estamos viendo siempre lo mismo; somos nosotros quienes cambiamos, y el rito inmutable nos devuelve, como un espejo fiel, la medida de nuestro propio crecimiento. Entre la liturgia que efectúa y el teatro sagrado que transforma, el ritual masónico es uno de los instrumentos más sutiles que la humanidad ha forjado para hacer del hombre algo más que un animal de costumbres. Por eso lo venero, y por eso, cada tenida, me entrego a él con la misma seriedad del primer día.