El simbolismo de las columnas J y B en el pórtico del templo
Dos columnas, un umbral
Cada vez que el Compañero entra al templo, pasa entre las dos columnas. Lo hace tantas veces que el gesto corre el riesgo de volverse automático. Propongo en esta plancha detenerme en ese umbral y preguntar qué significan realmente las dos columnas que lo flanquean.
La fuente histórica es conocida: el primer Libro de los Reyes describe las columnas que el arquitecto Hiram instaló en el pórtico del Templo de Salomón. Se llamaban Jachin y Boaz, nombres hebreos que la tradición interpreta habitualmente como «él establece» y «en él hay fuerza», aunque los debates sobre la etimología exacta son numerosos. Lo que importa no es la filología sino la función simbólica que la tradición masónica ha construido alrededor de esas dos columnas.
La dualidad como principio
Las dos columnas expresan una dualidad. No una oposición sino una pareja: dos elementos distintos que se necesitan mutuamente para constituir algo completo. El pórtico con una sola columna no sería un pórtico; con las dos, define un espacio de tránsito, un umbral.
Esta estructura dual recorre toda la simbología masónica. El sol y la luna, el día y la noche, el compás y la escuadra, la plomada y el nivel, el oriente y el occidente. En todos los casos, la tradición evita la tentación de declarar uno de los términos superior al otro. La sabiduría no es solo contemplativa ni solo activa; la fuerza no es solo material ni solo espiritual. La belleza no es ornamento sino expresión de armonía entre opuestos bien equilibrados.
Las columnas J y B son, en este sentido, una enseñanza filosófica inscrita en la arquitectura: la realidad tiene dos caras y la madurez iniciática consiste no en elegir una sino en aprender a habitar la tensión entre ambas.
Jachin: el principio del establecimiento
La columna del sur, Jachin, se asocia con la firmeza, el establecimiento, la consolidación. Es el polo de la permanencia, de aquello que dura y resiste. En términos morales, representa la constancia, la fidelidad al compromiso, la virtud que no fluctúa según las circunstancias.
Hay una tentación de magnificar este polo y convertir la firmeza en rigidez. El hombre que nunca cambia de opinión porque confunde la constancia con la obstinación ha pervertido la enseñanza de Jachin. La firmeza que prescribe la columna del sur es la del árbol enraizado, que permanece porque sus raíces son profundas, no porque su tronco sea de piedra.
El Compañero que trabaja sobre la virtud de Jachin está aprendiendo a distinguir entre lo que merece permanencia en su carácter, los principios, los compromisos, la integridad, y lo que debe ser flexible y adaptable.
Boaz: el principio de la potencia
La columna del norte, Boaz, representa la fuerza, la potencia, la capacidad de actuar y de transformar. Es el polo de la energía, del movimiento, de la voluntad que se ejerce sobre el mundo.
Sin la fuerza de Boaz, la firmeza de Jachin se convierte en pasividad estéril. El hombre que tiene principios sólidos pero carece de la energía para actuar conforme a ellos ha comprendido la enseñanza de una columna y se ha detenido a mitad del umbral.
La tradición coloca Boaz al norte, el lado de la oscuridad en la simbolología masónica. Esto no es casual: la fuerza sin iluminación puede convertirse en violencia. La energía sin dirección destruye tanto como crea. El Compañero que trabaja sobre Boaz aprende que la verdadera potencia no es la que se impone sino la que se orienta hacia el bien con la misma firmeza que prescribe Jachin.
El umbral como síntesis
Pasar entre las dos columnas no es elegir una u otra. Es atravesar el espacio que ambas crean juntas: el umbral del templo, que es también el umbral del trabajo sobre uno mismo.
El iniciado que ha comprendido las dos columnas sabe que no podrá alcanzar la madurez moral inclinándose solo hacia la firmeza o solo hacia la fuerza. Necesita las dos. Necesita la estabilidad de Jachin para no ser arrastrado por cada viento de circunstancia, y la energía de Boaz para no convertir esa estabilidad en parálisis.
Este equilibrio entre permanencia y movimiento, entre constancia y adaptación, entre ser y actuar, es quizás la enseñanza más práctica que la masonería ofrece al Compañero. No en los libros, sino inscrita en la piedra del pórtico que se cruza cada vez que se entra a trabajar.