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El simbolismo de las columnas J y B

Anónimo · 18 de mayo de 2019

Dos columnas en el umbral

Quien entra al Templo pasa entre dos columnas. No es un detalle decorativo. Antes de pisar el suelo sagrado, el iniciado atraviesa una puerta flanqueada por J y B, las columnas que la tradición sitúa en el pórtico del Templo de Salomón. Durante mucho tiempo las miré sin verlas. Fue al recibir el grado de Compañero cuando empecé a comprender que aquellas dos columnas encierran una de las claves del pensamiento masónico: nada se sostiene sin la tensión de los opuestos.

Estabilidad y establecimiento

La tradición traduce sus nombres como “estabilidad” y “fortaleza” o “en él está la fuerza”. Una representa lo que afirma, lo activo, lo que impulsa; la otra lo que sostiene, lo pasivo, lo que arraiga. No son rivales: son complementarias. Un edificio que solo tuviera impulso se derrumbaría hacia adelante; uno que solo tuviera arraigo nunca se elevaría. La sabiduría está en el justo medio entre ambas. Pasar entre las columnas es aprender a vivir en esa tensión sin romperla.

La ley de los pares

El mundo entero está hecho de pares: día y noche, masculino y femenino, sístole y diástole, inspiración y espiración. El Compañero descubre que no debe elegir entre los opuestos, sino reconciliarlos. Esta es una lección que el mundo profano rara vez enseña, pues tiende a tomar partido, a dividir en bandos, a creer que un polo es el bien y el otro el mal. Las columnas nos dicen otra cosa: el bien está en el equilibrio dinámico, no en la victoria de un extremo.

Lo que separa también une

He meditado mucho sobre el espacio que media entre las dos columnas. Ese vacío no es ausencia: es el paso. Por allí transita el iniciado. El equilibrio no es una mezcla tibia de los contrarios, sino un camino que se abre entre ellos. El justo medio aristotélico no es la mediocridad, sino la cima difícil entre dos abismos. Caminar entre las columnas es renunciar a la comodidad de los extremos para asumir la tensión más exigente del centro.

Aplicación a la vida del Compañero

¿Qué columnas sostienen mi propia vida? Me lo pregunto a menudo. ¿Tengo fuerza sin estabilidad, ímpetu que se dispersa? ¿O estabilidad sin fuerza, arraigo que se vuelve inmovilismo? El Compañero, que ya ha dejado atrás la pasividad del Aprendiz, debe aprender a sostener su edificio interior con las dos columnas a la vez. Rigor y compasión. Firmeza y flexibilidad. Convicción y duda. El que solo cultiva una columna construye torcido.

Las columnas y la palabra

Cada columna lleva asociada una palabra que el Aprendiz y el Compañero reciben en su momento. No las repetiré aquí, pues no es lugar. Pero diré que esas palabras no son contraseñas vacías: son recordatorios de las dos fuerzas que debemos integrar. Pronunciarlas con conciencia es comprometerse a no renegar de ninguna de las dos columnas, a no mutilar nuestra alma quedándonos solo con la mitad que nos resulta cómoda.

El pórtico que nunca se cruza del todo

Concluyo con una intuición que me acompaña desde hace años. Creo que nunca terminamos de cruzar el umbral de las columnas. Cada tenida volvemos a pasar entre ellas, y cada vez comprendemos un poco mejor que la vida entera es ese paso, ese aprendizaje del equilibrio que jamás se consigue de una vez por todas. La fuerza sin medida destruye; la estabilidad sin impulso ahoga. Entre ambas, estrecho y luminoso, se abre el camino del hombre que busca construirse. Las dos columnas del pórtico no son piedra muerta: son maestras silenciosas que, cada vez que entro al Templo, me recuerdan la difícil y hermosa tarea de sostenerme entero entre los contrarios.