El mandil blanco: insignia de un masón
El mandil blanco
Existe una paradoja hermosa en el primer símbolo que recibe el iniciado masónico: es el más humilde y el más antiguo. El mandil de cuero blanco, que antes perteneció al trabajador de la piedra, se convierte en la más visible de las insignias de nuestra Orden.
He querido escribir esta plancha, de forma anónima, pues lo que importa no es quien la firma sino lo que expresa, para meditar sobre un objeto que tocamos en cada tenida y al que quizás no prestamos siempre la atención que merece.
De la piedra al espíritu
El mandil original era protección. El cantero lo llevaba para defender su cuerpo de los golpes del cincel y el mazo. Cuando la masonería especulativa adopta este símbolo en el siglo XVIII, opera una transformación alquímica: lo que era escudo material se convierte en emblema espiritual.
El mandil ya no protege el cuerpo. Protege, o más exactamente, representa, la pureza del alma que el iniciado trae consigo al trabajo.
Esta es la primera gran lección que el símbolo nos enseña: el trabajo interior transforma los objetos. Lo que para el profano es cuero cosido, para nosotros es un libro en blanco.
El mandil en los tres grados
El mandil no permanece igual a lo largo del recorrido iniciático. Sus adornos cambian, sus colores se modifican, su forma evoluciona. Esta progresión no es decorativa: es un mapa.
En el primer grado, la blancura absoluta del mandil habla de la pureza que se trae al entrar, pero también de la candidez del que aún no sabe. La página en blanco puede escribirse de cualquier manera.
En el segundo grado, los adornos comienzan a aparecer. El compañero ha trabajado, ha aprendido, ha incorporado algo. El mandil empieza a contar una historia.
En el tercer grado, el maestro lleva un mandil que ha visto el trabajo de toda una vida. Ya no es candidez: es madurez. La página se ha llenado, pero de una escritura legible, honesta, construida con herramientas rectas.
Una pregunta que dejo abierta
Cada hermano debería, en algún momento de su camino, preguntarse: si mi mandil pudiera hablar, ¿qué diría de mí?
No como juicio, sino como espejo. El mandil no nos señala: nos refleja.
Plancha presentada en tenida de Compañeros, 5783