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El tablero de trazar del Maestro Masón

Anónimo · 20 de agosto de 2021

Del cincel al plano

El Aprendiz desbasta la piedra, el Compañero la labra con precisión, pero es el Maestro quien traza el plano. Esta progresión encierra todo el sentido de nuestros grados. Sobre el tablero de trazar, el antiguo arquitecto dibujaba los diseños que los obreros ejecutarían. Nada se construía sin pasar antes por ese plano. Cuando recibí el grado de Maestro y comprendí el simbolismo del tablero, sentí el peso de una responsabilidad nueva: ya no bastaba con trabajar bien; debía aprender a concebir.

Concebir antes de ejecutar

Hay una sabiduría antigua en la primacía del plano sobre la obra. El que construye sin diseño levanta paredes que no encajan, malgasta materiales, repite errores. El plano obliga a pensar la totalidad antes de poner la primera piedra. En la vida ocurre igual: actuamos a menudo sin haber trazado el sentido de lo que hacemos, y luego nos extraña que el edificio de nuestra existencia salga torcido. El Maestro aprende a detenerse ante el tablero antes de lanzarse a la acción.

El plano que no se ve

Lo que se traza en el tablero no es la obra, sino su idea. Líneas, proporciones, relaciones invisibles que solo después se harán piedra. El Maestro trabaja, pues, en el plano del pensamiento, de la forma pura, de la geometría. Es un trabajo más espiritual que manual. Aquí se comprende por qué la letra G y la geometría presiden nuestras logias: porque la obra verdadera empieza en la mente que concibe el orden antes de que las manos lo realicen.

La responsabilidad de quien diseña

El que traza el plano es responsable de la obra entera. Si el diseño es defectuoso, de nada sirve la pericia de los obreros: el edificio se vendrá abajo. Esta es la grave responsabilidad del Maestro. He sentido su peso al guiar a hermanos más jóvenes, al proponer trabajos a la logia, al tomar decisiones que afectaban a todos. Un trazo equivocado en el tablero del Maestro arrastra el esfuerzo de muchos. Por eso la maestría no es privilegio, sino carga: la de pensar bien para que otros puedan obrar bien.

Trazar para enseñar

El tablero tiene también una función pedagógica. Sobre él, el Maestro muestra a los obreros lo que deben hacer. Enseña. Y aquí está, para mí, la vocación más alta del grado: transmitir. He recibido de mis mayores un saber que no inventé, y mi deber es trazarlo con claridad para los que vienen detrás. Un Maestro que guarda su conocimiento para sí mismo traiciona el sentido del tablero. La maestría se completa cuando se vuelve enseñanza, cuando el plano dibujado en mi mente se vuelve plano legible para otros.

El borrado y el nuevo trazo

Antiguamente, el tablero de trazar se cubría de cera o de polvo y los diseños se borraban al final de la jornada para trazar otros nuevos. Esta costumbre me parece profundamente simbólica. El Maestro no se aferra a sus planos: los traza, los realiza y los borra para trazar de nuevo. Hay en ello una lección de desapego y de humildad. Ningún diseño es definitivo; siempre habrá que volver a empezar, a repensar, a corregir. El que cree haber trazado el plano perfecto ha dejado de ser Maestro y se ha vuelto tirano de su propia idea.

El plano de la propia vida

Termino con la aplicación que más me importa. El gran tablero de trazar de cada Maestro es su propia existencia. Sobre ella debemos proyectar, con la escuadra y el compás de la conciencia, el diseño de un hombre justo y útil. No vivir al azar, golpeando la piedra sin plano, sino concebir qué clase de hombre queremos llegar a ser y trabajar conforme a ese diseño. He pasado muchas tenidas inclinado, en mi imaginación, sobre el tablero de mi vida, corrigiendo líneas torcidas, redibujando proyectos fallidos. Esa es la obra mayor del Maestro: trazar el plano de su propia humanidad y tener el valor de ejecutarlo. Mientras me quede luz, seguiré trazando.