El templo de Salomón como plano del cosmos interior
El edificio que nunca visitamos
Todo masón habla del Templo de Salomón, pero ninguno lo ha pisado, pues hace milenios que no existe. Y sin embargo, es el centro de nuestra simbología. ¿Cómo puede un edificio desaparecido ser tan vivo entre nosotros? Porque el Templo que de verdad nos importa no es el de piedra que se alzó en Jerusalén, sino el que cada uno está llamado a edificar dentro de sí. El Templo de Salomón es el plano del cosmos interior. Comprenderlo así transformó mi manera de entender la Orden.
De fuera adentro
Las antiguas tradiciones leían el templo material como imagen del universo. Sus tres partes, el pórtico, el santo y el santo de los santos, reproducían los grados del cosmos, de lo exterior a lo más íntimo y sagrado. La Masonería ha interiorizado esa lectura: las tres partes son ahora los grados del alma. El pórtico es el umbral del que comienza; el lugar santo, el ámbito del trabajo y la formación; el santo de los santos, el centro recóndito donde habita lo más alto de nosotros. Construir el Templo es ordenar nuestra interioridad por niveles.
Cada uno cantero de sí mismo
La gran inversión masónica consiste en esto: no edificamos un templo fuera, nos edificamos a nosotros mismos como templo. La piedra bruta soy yo; las herramientas trabajan mi carácter; el plano es el diseño del hombre justo que aspiro a ser. Cuando comprendí que yo era a la vez el cantero, la piedra y la obra, todo cobró sentido. La fatiga del trabajo iniciático dejó de parecerme abstracta: estaba labrándome a mí mismo, golpe a golpe, defecto a defecto.
El santo de los santos
Lo que más me ocupa, ya en la madurez, es el santo de los santos interior: ese lugar recóndito del alma donde, según las tradiciones, mora lo sagrado. Cada hombre tiene en sí un recinto último al que casi nunca entra, ocupado como vive en el pórtico de las distracciones. La labor del Maestro es despejar el camino hacia ese centro, retirar los velos, hacer habitable el sagrario interior. Pocas veces lo logro, lo confieso. Pero saber que existe ya orienta toda la construcción.
Un orden, no un montón
Un templo no es un amontonamiento de piedras: es piedra ordenada según un plan. Esto me parece capital. No basta con acumular virtudes sueltas, conocimientos dispersos, buenas acciones inconexas. Hay que organizarlos en una arquitectura, darles proporción y jerarquía. El hombre desordenado, aunque tenga buenas cualidades, es una cantera, no un templo. La obra masónica consiste en pasar del montón al orden, de la materia bruta a la forma armoniosa. Por eso veneramos la geometría: ella enseña a ordenar.
El cosmos y yo, mismo plano
Hay una intuición vertiginosa en todo esto: el plano del universo y el plano de mi alma son, en el fondo, el mismo. El microcosmos refleja el macrocosmos. Cuando ordeno mi interior según medida, proporción y armonía, me alineo con el orden mismo del cosmos, con el trazo del Gran Arquitecto. No soy un extraño en el universo: estoy hecho según su gramática. Edificar mi templo interior es, por tanto, ponerme en sintonía con la obra entera de la creación. Esta idea me ha dado, en horas difíciles, un profundo sentido de pertenencia.
La obra que no termina
Concluyo con una verdad que me reconcilia con mis límites. El Templo interior no se acaba nunca de construir. Mientras viva, habrá piedras que labrar, muros que enderezar, recintos que despejar. No conoceré la obra terminada, como los antiguos canteros morían sin ver acabada la catedral cuya primera piedra pusieron. Y está bien que así sea. El sentido no está en concluir, sino en construir fielmente. Cada tenida añado una piedra bien labrada a mi templo interior, sabiendo que otros, después de mí, seguirán la obra en su propia alma. Somos canteros de un edificio inacabable, y en esa fidelidad sin término reside, creo, la dignidad del Maestro Masón.