La tolerancia como fundamento de la fraternidad
Una palabra desgastada
Pocas palabras se usan hoy con tanta ligereza como “tolerancia”. Se ha vuelto casi sinónimo de indiferencia: tolero lo que no me importa. Pero la tolerancia masónica es otra cosa, mucho más exigente y mucho más fecunda. No es dejar pasar lo que me da igual, sino respetar activamente lo que me importa y, sin embargo, no comparto. He tardado años en comprender esta diferencia, y la considero esencial para entender qué clase de fraternidad construimos.
Sentarse junto al que piensa distinto
En mi logia se sientan hombres de creencias muy diversas. Hay quien profesa una fe firme y quien duda de todo; hay sensibilidades políticas opuestas, visiones del mundo difícilmente conciliables. Y sin embargo nos llamamos hermanos y lo somos. ¿Cómo es posible? Por la tolerancia. No porque hayamos renunciado a nuestras convicciones, sino porque hemos decidido que la libertad de conciencia del otro vale más que nuestro deseo de tener razón. Esto, que parece sencillo, es de lo más difícil que existe.
Tolerar no es renunciar
Aquí está el malentendido que quiero deshacer. Algunos creen que ser tolerante exige no tener convicciones firmes, diluirse en un relativismo donde todo da igual. Falso. El verdaderamente tolerante tiene convicciones profundas; precisamente por eso comprende cuánto valen las del otro. El indiferente no es tolerante: simplemente no le importa nada lo suficiente. La tolerancia auténtica brota del hombre que cree con fuerza y, aun así, reconoce el derecho del otro a creer distinto. Es coraje, no tibieza.
Los límites de la tolerancia
Sería ingenuo predicar una tolerancia sin fronteras. No se tolera lo intolerante, lo que destruye la convivencia misma, lo que niega la dignidad del hermano. Una logia no toleraría en su seno el desprecio, el fanatismo o la crueldad. La tolerancia tiene por límite aquello que aniquilaría la posibilidad de la fraternidad. Tolerar al intolerante hasta dejarle destruir la casa común no es virtud, es suicidio. El difícil arte está en trazar bien esa frontera: ancha para las diferencias, firme ante lo que disuelve el vínculo.
La tolerancia se aprende en el trato
No se adquiere la tolerancia leyendo sobre ella, sino conviviendo. En el roce diario con el hermano que me contradice aprendo a no necesitar que piense como yo. He descubierto, además, que el que piensa distinto me enriquece: me obliga a examinar mis razones, me muestra puntos ciegos, me cura de la soberbia de creerme dueño de la verdad. La logia es una escuela de tolerancia porque me sienta, semana tras semana, junto a hombres que no elegiría y que, sin embargo, llego a querer.
El fundamento, no el adorno
Insisto en la palabra del título: fundamento. La tolerancia no es un adorno de la fraternidad, un rasgo amable que podríamos suprimir sin daño. Es su cimiento. Sin tolerancia no habría logia posible, porque los hombres, librados a su afán de imponerse, se dividirían en bandos y se combatirían. Lo que mantiene unidos a hermanos tan distintos es justamente el pacto tácito de respetarse en la diferencia. Quítese la tolerancia y la fraternidad se derrumba como un edificio sin base.
Una lección para el mundo
Concluyo elevando la mirada más allá del Templo. El mundo profano, desgarrado por odios de credo, de bandera y de tribu, necesita desesperadamente esta lección. La Masonería guarda, en su práctica de la tolerancia, un modelo de convivencia que la humanidad busca a tientas. Hombres que piensan distinto pueden quererse y trabajar juntos: lo demostramos cada tenida. No es utopía, es práctica antigua. Si algo tengo que legar a los hermanos que vienen, es esto: cultivad la tolerancia como la primera de las virtudes sociales, porque sin ella todas las demás quedan sin casa donde habitar. La fraternidad no comienza cuando coincidimos, sino justamente cuando, discrepando, seguimos llamándonos hermanos.