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Los tres grandes pilares de la logia: sabiduría, fuerza y belleza

Anónimo · 25 de octubre de 2023

Tres columnas para una obra

La tradición enseña que tres grandes pilares sostienen simbólicamente la logia: la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza. Se les asocia a las tres luces que la dirigen y a las tres columnas de los antiguos órdenes arquitectónicos. Durante años los recité sin penetrar su sentido. Hoy los veo como la fórmula más concentrada de lo que hace falta para que cualquier obra humana, un edificio, una vida, una sociedad, se sostenga. Quiero compartir lo que esta tríada me ha enseñado.

La Sabiduría que concibe

El primer pilar es la Sabiduría, y se le sitúa en Oriente, donde nace la luz. Toda obra comienza en una idea, en un designio inteligente que la concibe antes de existir. La sabiduría es la que traza el plano, la que ve el fin y ordena los medios. Sin ella, la fuerza golpea a ciegas y la belleza adorna el vacío. He aprendido a desconfiar de la acción que no nace de la reflexión: produce ruido y escombros. Concebir bien es la primera condición de obrar bien. Por eso la sabiduría preside, dirigiendo desde Oriente toda la construcción.

La Fuerza que ejecuta

El segundo pilar es la Fuerza, que la tradición sitúa en Occidente. De nada sirve el plano más sabio si falta la fuerza para realizarlo. La fuerza es la voluntad, la perseverancia, el coraje de pasar del designio a la obra a pesar de los obstáculos. He visto a muchos hombres llenos de sabiduría que jamás construyeron nada, porque les faltaba la fuerza de ejecutar. La idea sin voluntad es estéril. La fuerza masónica no es violencia bruta, sino energía moral sostenida: la capacidad de mantener el esfuerzo hasta que la obra esté en pie. Sabiduría y fuerza son el plano y el brazo.

La Belleza que corona

El tercer pilar es la Belleza, situada en el Mediodía, donde la luz alcanza su plenitud. Y es el que más me ha hecho meditar, porque podría parecer prescindible. Una obra puede ser sabia en su concepción y fuerte en su ejecución, y sin embargo carecer de belleza, ser meramente útil, fría, sin gracia. La belleza es lo que da alma a la obra, lo que la hace amable, lo que revela que no fue hecha solo para servir sino también para deleitar. La belleza no sobra: corona. Es la señal de que la obra ha alcanzado su plenitud, de que no es solo correcta sino lograda.

Las tres, inseparables

Lo decisivo es comprender que los tres pilares son inseparables. Una obra a la que falte uno se desploma o se malogra. Sabiduría sin fuerza: proyecto que nunca se realiza. Fuerza sin sabiduría: energía destructiva, edificio mal trazado que se viene abajo. Y ambas sin belleza: obra útil pero inhumana, máquina sin alma. Se necesitan los tres a la vez, en proporción justa. Por eso son pilares: cada uno soporta su parte del peso, y si uno cede, toda la logia se viene abajo. La armonía de los tres es la condición de toda construcción duradera.

Aplicación al hombre

Estos pilares no sostienen solo el Templo de piedra, sino al hombre mismo. Un hombre completo necesita las tres virtudes. Sabiduría para discernir el bien y trazar su camino. Fuerza para sostener sus decisiones y resistir las tentaciones. Y belleza, sí, también belleza, para que su vida no sea solo correcta sino noble, generosa, agraciada. He conocido a hombres sabios y fuertes pero ásperos, sin belleza moral, y su vida, aun recta, resultaba dura. La belleza del carácter es la gracia que hace amable la virtud.

El equilibrio de toda una vida

Concluyo confesando que sostener los tres pilares en mi propia existencia ha sido la tarea de toda mi vida, y aún no la he completado. A veces me ha sobrado fuerza y faltado sabiduría; otras, he sabido y dudado de actuar; y la belleza, esa armonía final, me ha sido siempre la más esquiva. Pero tener presentes los tres pilares me ha dado una medida con la que examinarme. Cada vez que emprendo algo, me pregunto: ¿lo he concebido con sabiduría, lo ejecuto con fuerza, lo corono con belleza? Rara vez los tres a la vez. Y sin embargo, esa pregunta triple, aprendida en la logia, me ha hecho mejor constructor de mi propia vida. Sabiduría, fuerza y belleza: que estos tres pilares sostengan siempre nuestra obra, dentro y fuera del Templo.