Los viajes iniciáticos y su significado profundo
Caminar sin moverse del Templo
Durante mi iniciación me hicieron viajar. No salí del Templo, y sin embargo recorrí un largo camino. Los viajes iniciáticos, esos recorridos rituales que el candidato realiza, guiado en la oscuridad, a través de pruebas simbólicas, son uno de los momentos más enigmáticos de la ceremonia. Entonces apenas comprendí lo que me ocurría. Ahora, como Aprendiz que medita sobre su propia iniciación, empiezo a vislumbrar su sentido, y quiero compartir lo poco que voy entendiendo.
El viaje, símbolo universal
Toda tradición ha visto en el viaje la imagen de la vida y del crecimiento del alma. El héroe parte, atraviesa pruebas, se transforma y regresa convertido en otro. La Odisea, las peregrinaciones, los relatos de búsqueda: todos hablan de un camino que cambia al que lo recorre. La Masonería ha recogido este símbolo universal y lo ha condensado en los viajes rituales de la iniciación. Caminar es transformarse. El que llega no es el que partió. Por eso no se inicia a nadie en quietud: se le hace viajar, porque el alma solo crece moviéndose.
Los obstáculos del camino
En los viajes iniciáticos, el camino no es llano. Se atraviesan dificultades, ruidos, resistencias. Esto me pareció, al principio, mera escenografía. Pero he comprendido que los obstáculos son el corazón del símbolo. Ningún crecimiento verdadero ocurre sin dificultad. El camino fácil no transforma a nadie. Los obstáculos de los viajes representan las pruebas de la vida, las resistencias que el alma debe vencer para avanzar. Quien quisiera un camino sin obstáculos no quiere, en realidad, transformarse: quiere seguir igual. La iniciación nos dice, desde el primer viaje, que el crecimiento tiene un precio.
La purificación por los elementos
En muchos ritos, los viajes se asocian a los elementos: el aire, el agua, el fuego, la tierra. El iniciado es purificado simbólicamente por cada uno de ellos. Esta purificación progresiva tiene un sentido hondo: para recibir la luz hay que limpiarse antes de las escorias que la impiden. No se puede llenar de luz un vaso lleno de impurezas. Los viajes purifican al candidato, lo despojan de lo viejo, lo preparan para lo nuevo. Cada elemento limpia una dimensión del alma. Salí de aquellos viajes con la sensación de haber sido lavado por dentro, dispuesto a recibir algo que antes no habría podido contener.
De la oscuridad a la luz
Los viajes se realizan, en buena parte, con los ojos vendados o en penumbra, y culminan en la recepción de la luz. Este recorrido de las tinieblas a la luz es el sentido último de toda iniciación. El profano camina a ciegas, sin saber adónde va; el iniciado es conducido, a través de la oscuridad de las pruebas, hacia la luz del conocimiento. La venda que me retiraron al final de los viajes no me descubrió solo el Templo: me descubrió un modo nuevo de ver. Y comprendí que toda mi vida anterior había sido un caminar a oscuras del que apenas empezaba a salir.
El guía en el camino
No viajé solo. Una mano me condujo a través de la oscuridad, sosteniéndome en los tropiezos, guiándome cuando no veía. Esa mano fraterna me enseñó algo esencial: el camino iniciático no se recorre en solitario. Necesitamos guías, hermanos mayores que ya recorrieron el sendero y nos sostienen en él. La soberbia de querer iniciarse solo, sin maestro ni hermanos, es una de las grandes tentaciones que la Masonería combate. Los viajes me grabaron, en el cuerpo, la lección de la confianza: dejarse guiar en la oscuridad por una mano fraterna es ya una forma de humildad y de fe.
El viaje que no termina
Concluyo con lo que más me importa, ahora que medito sobre aquella noche. Los viajes iniciáticos de la ceremonia fueron solo el comienzo. La verdadera iniciación es el viaje de toda la vida. Cada día sigo caminando, atravesando pruebas, purificándome de mis escorias, avanzando a tientas de la oscuridad hacia la luz, sostenido por la mano de mis hermanos. Aquellos viajes rituales fueron la imagen condensada de lo que sería mi existencia entera como masón. No he dejado de viajar desde entonces, ni dejaré de hacerlo mientras viva. Y comprendo, por fin, por qué me hicieron caminar sin salir del Templo: para enseñarme que la vida iniciática es un viaje sin término hacia una luz que siempre brilla un poco más adelante.